ESCULPIENDO LA MONTAÑA
Pude ver cómo cruzaba un puente que lo alejaba de todo lo que había logrado en esta vida, sin otro equipaje que su demencia. Sólo llevaba una pequeña cartera colgada del hombro, en la que apenas cabía un celular, o un cepillo de dientes, quizá una agenda que ya de nada le servirían, avanzando con seguridad por ese puente hacia las rocas, hacia la inmensa mole granítica. Decía que el final de su obra sería esculpir esa montaña hasta el último resquicio, el último pliegue, el que más cerca del núcleo inconmensurable de la piedra escondiera sus misterios. Y decía que grandes seres han dejado inconclusa su obra principal por no haber sabido llegar al centro de la misma cuyo significado es el equilibrio perfecto, y que él no volvería vivo si eso sucediera con la suya.
Me pregunto: ¿Qué me llevó a seguirlo? Estaba loco y yo lo sabía. ¿Qué perverso sentimiento me llevó a ir detrás de su quimera? ¿Es que pretendía ver hasta dónde era capaz de llegar? ¿Quizá esperaba verlo desaparecer para siempre entre la crueldad de los peñascos? O lo peor: ¿Creí alguna vez que sería capaz de realizar la proeza de esculpir la montaña? ¿Toda? ¿Lo creí?
Esa búsqueda del lugar del centro, sigue siendo un misterio para mí. Sigo atada a un lado del péndulo. Soy testigo del desalojo que significa para el corazón terminar una Obra. Después de eso, el vacío. Qué ocurre con el corazón de aquél que avanza en su creación y logra llevarla hasta casi el final, y faltando un paso, un solo paso, algo ocurre, la obra se estanca, desaparece el talento, la fuerza, el interés, ya no hay musas, ya nunca hay ni habrá Obra. ¿Qué ocurre con él?
No creo que pueda yo responder, ni separar las aguas para dar paso al nacimiento de un ser nuevo en un tiempo limpio como decía Cortázar, dado que ni siquiera he podido parir en mí a alguien mejor. No puedo dejar mi Gran Obra terminada porque jamás fue iniciada.
Ignoro qué consecuencias pueden tener estas confesiones para mi egolatría, ya que si todo movimiento se demuestra por su contrario, puede suponerse que el reconocimiento de mis debilidades o carencias confirma un grado de autoestima muy superior al que aparento, y eso delataría mi falsa modestia.
Ahora bien: si todo cuanto estoy arguyendo son sólo hipótesis, es mejor ignorarlas. He forcejeado en las sombras con fuerzas que desconozco. De qué puede servirme ahora el descubrir que mi modestia no es tal, y que mi autocrítica revela una autoestima elevada que no hace otra cosa que reclamar perfección.
Se dice que todos tenemos un talento único. Tal vez, en el transcurso de toda esa aventura, debía yo descubrir el mío. Sigo ignorándolo. Cuando no se recorre ese puente, jamás sabremos cómo es estar en ese centro, donde ya no se goza pero tampoco se sufre. Y es posible que el equilibrio no sea el sitio más cómodo para los seres como yo. Quizá por eso sigo encadenada a uno de mis opuestos.
Después de haber recorrido los maderos del puente físico, debía descubrir el otro, el que no se ve, el que debe ser adivinado, descubierto, el que tiene sus amarras entre el arte y la realidad, entre la creación y su origen, entre el espíritu y el cuerpo, la locura y la cordura, y está suspendido sobre los abismos primordiales, aquellos que guardan los misterios de la vida y de la muerte.
Muy bien. Yo recorrí los maderos detrás del loco. Crucé el puente físico suspendido sobre el abismo y llegué al otro lado pero el hombre ya no estaba ahí. El había encontrado la entrada al otro sitio y emprendido su camino, y mi orfandad ante lo insuperable, el choque contra la piedra fatal que me impediría seguirlo, que profetizaría el fracaso de mi absurda e inconfesable empresa, me mostraría negro sobre blanco aquello que me negué a reconocer: el cruce verdadero no está sobre los abismos de la tierra. Sólo podrán acceder a él aquellos que estén convencidos de que pueden esculpir una montaña, toda, hasta el último pliegue, y no necesitan en su equipaje de cincel y martillo ni de otra herramienta que el equilibrio perfecto: la fe en su propia locura.