CANCIÓN A BOCCA CHIUSA
Mientras hacía un barro espeso y le agregaba trocitos de diario, Ramira amasaba tierra y con ella rellenaba las grietas en la pared. Tres años es mucho tiempo, y ya se venía sintiendo ahogada de tanto estar sola. Rellenó las grietas y blanquó las paredes. Decidió escapar de su soledad, sin saber que no hay escape sin prisión.
En Corrientes, muy cerca de la frontera con Brasil, vivía Ramira. Esos últimos tres años sin Juan, habían sido penosos, áridos como el campo que se extendía hasta el río vecino. La despedida, emotiva como siempre ocurre, la llenó de promesas incumplidas: Juan volvería rico desde Buenos Aires, se casarían, tendrían una casa y no una tapera, y hasta era posible que instalaran un quiosco cerca de la avenida principal.
Ramira iba en bicicleta hasta el pueblo, y esperaba ansiosa. Al principio Juan la llamaba por teléfono a la hora convenida.
- Ah, ¿sos vos? Y cómo estás, te extraño mucho Juan.
- Si Rami, soy yo amor, yo también te extraño, pero tengo que cortar enseguida porque ahora no puedo hablar.
- Ah, bueno Juan, chau.
Fueron las primeras frustraciones. Las que llegaron después fueron peores, porque no hubo llamada de Juan. Entonces Ramira buscó noticias entre los familiares de su novio ingrato.
- Ahora el Juan es cartonero. ¡Le va muy bien!
- ¿Y cómo va ser si él no ha estudiado?
- Pero si no precisa, tonta, el Juan sabe mucho!
- ¡Ah claro, eso si, pero no me está llamando!
- Y si no te llama por algo será.
- ¿Y qué hace con el trabajo?
- Junta cartones, anda por el centro.
- ¿Corrientes capital?
- Pero no, tonta, por Buenos Aires, por el centro. Lo llevan en camión. ¿Te lo imaginás al Juan en camión? ¡Se nos va para arriba! Faaa! En camión el Juan!
Ramira volvía a su rancho con un gesto de enojo y gruesas lágrimas que no dejaban de caer mojando el manubrio. Mucho camión pero nada de teléfono.
Muy de tanto en tanto tenía la gloria de un par de palabras entrecortadas que le llegaban al oído:
- ¿Y vos cómo andás, Ramira? No me andarás traicionando, ¿eh? Cuidadito nomás.
Entonces el regreso a su tapera lo hacía cantando, con los pocitos que se le marcaban en las mejillas de tanta risa que le salía de adentro.
Sólo eran consuelitos muy de tanto en tanto, y tres años es mucho tiempo. Si no fuera tan caro el pasaje…
Un día tomó la decisión. ¿Por qué no lo hice antes? Se preguntaría. Como quien rellena las grietas de la pared con barro, trató de cubrir sus heridas. Vendió la bicicleta, la hornalla para el carbón, la cama turca, la mesa y las dos sillas, blanqueó y alquiló la tapera y con eso se pagó el pasaje y le sobró plata.
Nunca se imaginó que el viaje era tan largo. Nunca sintió tanto miedo. Nunca, pero nunca, el corazón le saltaba tanto en el pecho. Su amiga Matilde la estaba esperando cuando bajó del micro.
- Te venís a la pensión conmigo. Mañana lo salís a buscar.
Matilde salía temprano para su trabajo, y Ramira se llevaba una galleta para no gastar en comida, mientras recorría las calles de Once.
Los camiones cargando muchachos comenzaban a llegar al caer la tarde. Por Lavalle se los veía meter las cajas vacías bien dobladas, dentro de bolsas blancas enormes que después cargaban en unos carritos.
- Con tantos camiones que hay por estas calles y en ningún camión estás vos Juan. Con tantos carritos de cartoneros que hay y ninguno es el tuyo, Juan. Con tanta gente que hay en este Buenos Aires y ninguno sos vos, mi Juan.
Aprendió a reconocer las calles y poco a poco fue llegando más al centro, Larrea, Callao, Corrientes.
Y fue ahí que ocurrió una noche lo que esperaba no ver jamás. Un carrito de cartonero empujado por Juan, una mujer joven, un bebé.
El hielo. El fin. La muerte en vida.
No se lo contó a Matilde. Lo guardó como veneno puro. Insomnio. Inapetencia. Lágrimas frías incontenibles. Poco a poco el odio fue ocupando el sitio del amor. Consiguió un trabajo como sirvienta. Varios trabajos. Llenó todo su tiempo. Fuera los recuerdos. Fuera la nostalgia.
Un día llegó a la pensión alguien que ocupó la habitación contigua. Se escucharon unas cuerdas de guitarra, unos acordes , una voz de metales limpios y graves. Algo vibró en el plexo solar de Ramira."Chega de saudade": basta de nostalgia. Brasil llegó hasta Ramira a través de una pared. La melodía de Vinicius cantada con la boca cerrada, mmmm, mmmm, la canción que Ramira supo escuchar cuando cruzaba la frontera como pasadora de mercaderías en Uruguayana, esa canción que hablaba de terminar con los recuerdos, revivieron su plexo solar que empezó a latir primero con timidez, luego con urgencias, y la imaginación inventándole una cara al hombre que cantaba fueron una experiencia nueva. Ramira aprendió a cruzarse con él a propósito pero como por casualidad, y eso extraño que nunca le había pasado le pasó: el deseo, el deseo insomne, el deseo que fabula, imagina, crea, genera y es capaz de hacer milagros, el deseo de hombre, de amar, de abrazar, eso que da coraje y embellece, eso que llena la carne de estrellas, la poseyó.
Una noche salió de la habitación en puntas de pie, la puerta de la otra habitación estaba entreabierta, la tocó con un dedo, la fue corriendo hasta descubrir al hombre que cantaba a boca chiusa, mmmm, mmmm, Chega de saudade, basta, basta de nostalgia con ese mmmm de bronce que a ella le hacía vibrar el pecho y le alteraba el sueño. Ella entró y basta de saudade, se dijo. Se dejó caer de rodillas junto a las piernas del brasilero y esa noche, y la siguiente y todas las demás, ella y él cantaron juntos.