Los Sabios del Planeta
De todas las preguntas que uno no llega a formularse, hay una que está en el último lugar. Algunos valientes recorren la lista, pero al llegar ahí, regresan sin leerla.
Seguramente existen aquellos que no la necesitan porque ya tienen la respuesta. Seguramente existen.
Y ahora que la razón me obliga a negarlos, ahora que ya no sé qué hacer con este cerebro vehículo de pensamientos que me llevaron a buscarlos, la necesidad de encontrar el límite entre fantasía y realidad, entre locura y cordura, me dice que debo cerrar este capítulo de mi vida sin hacer más preguntas.
¿Cual es la razón, me pregunto, para pretender poner en palabras algo que sólo puede ser imaginado pero jamás pintado, dibujado o escrito? Tampoco tengo respuesta para esto: sólo sé que no puedo dejar de hacerlo, sabiendo de antemano que mi relato jamás será leído.
Yo tenía veintidós años. Eran tiempos de intensa búsqueda, sin saber exactamente qué cosa era la buscada. Los ojos caían inexorablemente sobre cada letra, cada página, cada libro que anduviera cerca. Un volante por debajo de la puerta, una publicidad, -mi madre los rompía y tiraba sin leerlos- era una ventana más para mirar.
Se trataba de un folleto que enviaban desde una editorial de la que recuerdo perfectamente el nombre. Me abstengo de mencionarlo pero nunca lo olvidé. Leí atentamente las páginas, después de lo cual enfermé de anemia: me negué a comer carne durante meses. Las dolorosas inyecciones, el horrible sabor del aceite de hígado de bacalao, me disuadieron. No obstante, algo quedó ahí boyando. Algo nuboso, como un recuerdo fugitivo del que fue difícil regresar.
Siempre supe que no hacen publicidad. No tienen interés que se sepa de ellos. No se esconden. Quieren hacer su trabajo silencioso, alquímico, cada cual elaborando la perfección sobre sí mismo. Y dado que no se sabe dónde están, cómo encontrarlos, - y para qué, y por qué - hubiera sido sano que toda esa historia de los sabios del planeta quedara en mi recuerdo como el sueño fantástico de una chica que tiene demasiada imaginación y siempre cree que le pasan cosas. Pero alguien conocido mencionó en una reunión como al pasar el nombre de la editorial. Ya no podía olvidar el veneno de esos labios. Y sin piedad, ya no lo dejaría en paz. Finalmente una tarde de domingo, me trajo una invitación. Era un edificio antiguo con una fachada extraña y hermosa.
Para entrar tuve que agacharme y casi arrastrarme. El aroma de las especias estimuló mi curiosidad. Atravesé el corredor en penumbras. Ahí estaban.
Cuando me fui, me dieron una bolsita de terciopelo con diamantes. El precio de mi intromisión, era llevar cada piedra a las personas que describían en una lista. Un mes después de hacerlo, quise volver a visitar a los destinatarios de las piedras, pero no pude encontrarlos. Volví al lugar de la Reunión, y reemplazando el edificio antiguo, había una galería de comercios llena de público.
Nunca hablé del tema. ¿Quién me creería? Por eso destino esta hoja al fuego.
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