jueves, 12 de enero de 2012

UN POEMA

EL TOLDO METÁLICO Y LA ESTRELLA

Entre dos planchas de aluminio, esa única estrella
sabe que la miro.
Me pregunto si ella me ve o si sólo percibe
ese rayo que parte de este mentido quieto mundo
hasta el movimiento de colibrí que la rodea.


¿Qué parte de mí, siente la distancia
entre ella y mi noche?

¿Tendrá ella su amanecer sin muerte,
su despunte de sol sin el rubor violado
de un horizonte al alcance de los dedos
que retrocede cuando avanzo?
¿Vibrará bajo el mediodía lo vertical del sol
o le lloverá la nube y le apagará el reflejo?

Entre sus piedras algo titila:
Es ella que me mira y grita
que dejen de matarse, que no quiero ver
que cosa oscura pasa en ese mundo,
para qué las flores si las queman,
o los ríos para morir de sed,
y esos hombres...
que no los quiero ver quebrados,
no soporto ver su gesto agónico.
Ya no me mires, mujer, desde la tierra,
olvida mi deslumbre y regresa
a tus dos planchas de aluminio,
a tu cápsula de savia y sangre.
Vuelve al croar de tu pantalla
y olvida el toldo.

Una nube se cruza y la estrella
se tapa los ojos y calla.
Entre ella y mi noche
algo de mí se cierra.


                            O.A.

jueves, 5 de enero de 2012

DESPUÉS DEL NAUFRAGIO

 
    El caminaba mirando sin ver la punta de sus zapatos. Estaba llegando a la puerta de entrada y levantó las pestañas. Sólo un poco. Su vista se deslizó hacia el cordón de la vereda. En el charco de agua limpia recién llovida, se reflejaban cabeza abajo los mismos edificios que se alzaban en la vereda de enfrente. Algo se movió en el agua apenas rizada: algo que parecía estar vivo. Se acercó al cordón para mirar mejor: era un papel plegado en forma de barco. El viejo barco que alguna vez su tío le enseñó a armar con una hoja de revista. Ahí estaba, el mismo modelo y tamaño, recién hecho, flotando. Buscó hacia atrás y hacia ambos lados de la vereda al marinero que lo puso ahí, pero no había nadie. Se preguntó por qué se demoraba mirando el agua, el barco, y no entraba de una buena vez.

    Los árboles se hundían en el charco invirtiendo su imagen. Las copas despojadas de sus hojas, dibujaban líneas oscuras contra el cielo gris claro casi blanco, un  cielo que estaba en el fondo del charco. Y el barquito que latía apenas se dejaba mover por algo que ni siquiera era brisa.

    Había que entrar. Ella aceptaría. ¿Por qué no habría de hacerlo?
    Un segundo después el hombre tocaba timbre, desde arriba le respondían y él entraba. En el ascensor se miró al espejo y le gustó que todo fuera gris. El día también, la calle con el tránsito reflejado en la humedad, el otoño avanzando sobre los ramas de los árboles que se iban desnudando, todo gris como su traje y la corbata de raso de seda natural que le quedaba muy bien.  Acomodó unas canas, se miró los pelos de la nariz. Sacó el folleto de viajes de un bolsillo, lo miró apenas y lo guardó.
    Ella le abrió la puerta y la soltó siguiendo con su trajinar, dejando que él entrara por su cuenta. Entonces fue que la vio trasladar desde los muebles y estantes todo su contenido hacia enormes canastas que recibían lo que pudiera caber en ellas, loza envuelta con servilletas, manteles, ropa de cama, hasta llegar al tope, y luego llenando otra y otra. El la miraba hacer y escuchaba una explicación confusa y apresurada acerca del cumpleaños de cierto amigo madrileño que la esperaba en España. España: eso creyó él escuchar. Y mientras ella hablaba y seguía armando las canastas, él sacaba del bolsillo el folleto de la agencia de viajes que quería mostrarle. Las fotos de veleros, montañas, monumentos, le parecieron infantiles. Ella se iba. Se iba a vivir a otro país, con alguien.
    Sintió mareos y se acercó a la ventana. Miró el cielo gris, la calle gris y notó que el barco de papel estaba totalmente mojado. En un minuto estará hundido, pensó. Y lo vio desaparecer de la superficie, dejando una estela circular. Miró a los lados para ver al infortunado marinero cuyo barco había naufragado, pero nadie había en la vereda. ¿Y qué puede importarme que se haya hundido? Se preguntó, y se sentó a mirar a la mujer para convencerse de que no estaba soñando.
    Dejó de mirarla y leyó algunas ofertas en el folleto. Luego, mecánicamente, dobló en dos la página. Con la uña alisó el doblez y marcó el centro en el mismo. Tomó después el extremo derecho y lo hizo girar hasta hacer coincidir el doblez de arriba con el centro de la página. Todavía me acuerdo, pensó. Luego hizo lo mismo con el otro extremo, mientras ella decía algo acerca de dejar todo en orden para devolver el departamento en condiciones, y él sin mirarla le respondía que por supuesto, hay que ser delicado con esas cosas, y seguía levantando las pestañas de la parte de abajo de la hoja sólo por dos centímetros, y afilaba el borde con la uña y lo repetía con la otra pestaña en sentido contrario, y ahora sí,  tomaba los extremos y los unía en el centro, ahuecando la figura, y formando un cuadrado, y volviendo a tomar las puntas hacía un segundo doblez de un lado y del otro, tiraba con firmeza y delicadeza a la vez, hacia afuera, y ahí estaba armado el barco, me salió de primera, se dijo, con fotos de veleros, de montañas y monumentos a todo color, ya era hora de que hubiera algo de color en esta tarde gris, y bajando por el ascensor salió a la calle buscando el borde de la vereda.              Alcanzó a ver en el fondo del charco una masa informe y gris de papel mojado . Sacó del bolsillo el folleto que ahora era un barco lleno de colores, estiró las manos, lo puso con delicadeza sobre la superficie del charco, y mirando para arriba dijo bajito:
- Feliz viaje, piba - Y se alejó silbando. 


AL FUEGO


Los Sabios del Planeta

De todas las preguntas que uno no llega a formularse, hay una que está en el último lugar. Algunos valientes recorren la lista, pero al llegar ahí, regresan sin leerla.
Seguramente existen aquellos que no la necesitan porque ya tienen la respuesta. Seguramente existen.
Y ahora que la razón me obliga a negarlos, ahora que ya no sé qué hacer con este cerebro vehículo de pensamientos que me llevaron a buscarlos, la necesidad de encontrar el límite entre fantasía y realidad, entre locura y cordura, me dice que debo cerrar este capítulo de mi vida sin hacer más preguntas.
¿Cual es la razón, me pregunto, para pretender poner en palabras algo que sólo puede ser imaginado pero jamás pintado, dibujado o escrito? Tampoco tengo respuesta para esto: sólo sé que no puedo dejar de hacerlo, sabiendo de antemano que mi relato jamás será leído.

Yo tenía veintidós años. Eran tiempos de intensa búsqueda, sin saber exactamente qué cosa era la buscada. Los ojos caían inexorablemente sobre cada letra, cada página, cada libro que anduviera cerca. Un volante por debajo de la puerta, una publicidad, -mi madre los rompía y tiraba sin leerlos- era una ventana más para mirar.
Se trataba de un folleto que enviaban desde una editorial de la que recuerdo perfectamente el nombre. Me abstengo de mencionarlo pero nunca lo olvidé. Leí atentamente las páginas, después de lo cual enfermé de anemia: me negué a comer carne durante meses. Las dolorosas inyecciones, el horrible sabor del aceite de hígado de bacalao, me disuadieron. No obstante, algo quedó ahí boyando. Algo nuboso, como un recuerdo fugitivo del que fue difícil regresar.

Siempre supe que no hacen publicidad. No tienen interés que se sepa de ellos. No se esconden. Quieren hacer su trabajo silencioso, alquímico, cada cual elaborando la perfección sobre sí mismo. Y dado que no se sabe dónde están, cómo encontrarlos, - y para qué, y por qué - hubiera sido sano que toda esa historia de los sabios del planeta quedara en mi recuerdo como el sueño fantástico de una chica que tiene demasiada imaginación y siempre cree que le pasan cosas. Pero alguien conocido mencionó en una reunión como al pasar el nombre de la editorial. Ya no podía olvidar el veneno de esos labios. Y sin piedad, ya no lo dejaría en paz. Finalmente una tarde de domingo, me trajo una invitación. Era un edificio antiguo con una fachada extraña y hermosa.
Para entrar tuve que agacharme y casi arrastrarme. El aroma de las especias estimuló mi curiosidad. Atravesé el corredor en penumbras. Ahí estaban.
Cuando me fui, me dieron una bolsita de terciopelo con diamantes. El precio de mi intromisión, era llevar cada piedra a las personas que describían en una lista. Un mes después de hacerlo, quise volver a visitar a los destinatarios de las piedras, pero no pude encontrarlos. Volví al lugar de la Reunión, y reemplazando el edificio antiguo, había una galería de comercios llena de público.
Nunca hablé del tema. ¿Quién me creería? Por eso destino esta hoja al fuego. 




CHEGA DE SAUDADE

CANCIÓN A BOCCA CHIUSA

Mientras hacía un barro espeso y le agregaba trocitos de diario, Ramira amasaba tierra y con ella rellenaba las grietas en la pared.  Tres años es mucho tiempo, y ya se venía sintiendo ahogada de tanto estar sola. Rellenó las grietas y blanquó las paredes. Decidió escapar de su soledad, sin saber que no hay escape sin prisión.

En Corrientes, muy cerca de la frontera con Brasil, vivía Ramira. Esos últimos tres años sin Juan, habían sido penosos, áridos como el campo que se extendía hasta el río vecino. La despedida, emotiva como siempre ocurre, la llenó de promesas incumplidas: Juan volvería rico desde Buenos Aires, se casarían, tendrían una casa y no una tapera, y hasta era posible que instalaran un quiosco cerca de la avenida principal.

Ramira iba en bicicleta hasta el pueblo, y esperaba ansiosa. Al principio Juan la llamaba por teléfono a la hora convenida.
- Ah, ¿sos vos? Y cómo estás, te extraño mucho Juan.
- Si Rami, soy yo amor, yo también te extraño, pero tengo que cortar enseguida porque ahora no puedo hablar.
- Ah, bueno Juan, chau.
Fueron las primeras frustraciones. Las que llegaron después fueron peores, porque no hubo llamada de Juan. Entonces Ramira buscó noticias entre los familiares de su novio ingrato.
- Ahora el Juan es cartonero. ¡Le va muy bien!
- ¿Y cómo va ser si él no ha estudiado?
- Pero si no precisa, tonta, el Juan sabe mucho!
- ¡Ah claro, eso si, pero no me está llamando!
- Y si no te llama por algo será.
- ¿Y qué hace con el trabajo?
- Junta cartones, anda por el centro.
- ¿Corrientes capital?
- Pero no, tonta, por Buenos Aires, por el centro. Lo llevan en camión. ¿Te lo imaginás al Juan en camión? ¡Se nos va para arriba! Faaa! En camión el Juan!
Ramira volvía a su rancho con un gesto de enojo y gruesas lágrimas que no dejaban de caer mojando el manubrio.  Mucho camión pero nada de teléfono.
Muy de tanto en tanto tenía la gloria de un par de palabras entrecortadas que le llegaban al oído:
- ¿Y vos cómo andás, Ramira? No me andarás traicionando, ¿eh? Cuidadito nomás.
Entonces el regreso a su tapera lo hacía cantando, con los pocitos que se le marcaban en las mejillas de tanta risa que le salía de adentro.
Sólo eran consuelitos muy de tanto en tanto, y tres años es mucho tiempo. Si no fuera tan caro el pasaje…
Un día tomó la decisión. ¿Por qué no lo hice antes? Se preguntaría. Como quien rellena las grietas de la pared con barro, trató de cubrir sus heridas. Vendió la bicicleta, la hornalla para el carbón, la cama turca, la mesa y las dos sillas, blanqueó y alquiló la tapera y con eso se pagó el pasaje y le sobró plata.
Nunca se imaginó que el viaje era tan largo. Nunca sintió tanto miedo. Nunca, pero nunca, el corazón le saltaba tanto en el pecho. Su amiga Matilde la estaba esperando cuando bajó del micro.
- Te venís a la pensión conmigo. Mañana lo salís a buscar.
Matilde salía temprano para su trabajo, y Ramira se llevaba una galleta para no gastar en comida, mientras recorría las calles de Once.
Los camiones cargando muchachos comenzaban a llegar al caer la tarde. Por Lavalle se los veía meter las cajas vacías bien dobladas, dentro de bolsas blancas enormes que después cargaban en unos carritos.
- Con tantos camiones que hay por estas calles y en ningún camión estás vos Juan. Con tantos carritos de cartoneros que hay y ninguno es el tuyo, Juan. Con tanta gente que hay en este Buenos Aires y ninguno sos vos, mi Juan.
Aprendió a reconocer las calles y poco a poco fue llegando más al centro, Larrea, Callao, Corrientes.
Y fue ahí que ocurrió una noche lo que esperaba no ver jamás. Un carrito de cartonero empujado por Juan, una mujer joven, un bebé.
El hielo. El fin. La muerte en vida.
No se lo contó a Matilde. Lo guardó como veneno puro. Insomnio. Inapetencia. Lágrimas frías incontenibles. Poco a poco el odio fue ocupando el sitio del amor. Consiguió un trabajo como sirvienta. Varios trabajos. Llenó todo su tiempo. Fuera los recuerdos. Fuera la nostalgia.

Un día llegó a la pensión alguien que ocupó la habitación contigua. Se escucharon unas cuerdas de guitarra, unos acordes , una voz de metales limpios y graves. Algo vibró en el plexo solar de Ramira."Chega de saudade": basta de nostalgia. Brasil llegó hasta Ramira a través de una pared. La melodía de Vinicius cantada con la boca cerrada, mmmm, mmmm, la canción que Ramira supo escuchar cuando cruzaba la frontera como pasadora de mercaderías en Uruguayana, esa canción que hablaba de terminar con los recuerdos, revivieron su plexo solar que empezó a latir primero con timidez, luego con urgencias, y la imaginación inventándole una cara al hombre que cantaba fueron una experiencia nueva. Ramira aprendió a cruzarse con él a propósito pero como por casualidad, y eso extraño que nunca le había pasado le pasó: el deseo, el  deseo insomne, el deseo que fabula, imagina, crea, genera y es capaz de hacer milagros, el deseo de hombre, de amar, de abrazar, eso que da coraje y embellece, eso que llena la carne de estrellas, la poseyó.

Una noche salió de la habitación en puntas de pie, la puerta de la otra habitación estaba entreabierta, la tocó con un dedo, la fue corriendo hasta descubrir al hombre que cantaba a boca chiusa, mmmm, mmmm, Chega de saudade, basta, basta de nostalgia con ese mmmm de bronce que a ella le hacía vibrar el pecho y le alteraba el sueño. Ella entró y basta de saudade, se dijo. Se dejó caer de rodillas junto a las piernas del brasilero y esa noche, y la siguiente y todas las demás, ella y él cantaron juntos.