ROMANCE DEL HOMBRE SOLO
Había un tema en especial del que nunca nos animábamos con Roque a mostrarnos demasiado curiosos, porque sabemos que las personas inteligentes y cultas como Barrios tienen derecho a escribir como se les antoje.
Por supuesto nunca le comentamos cómo nos reímos al leer aquello de «la soledad muerde», porque nos acordamos de Sole y nos imaginamos a mi prima mordiendo a don Barrios.
No obstante una vez me decidí a cuestionarle que sus poesías fueran herméticas, y quise saber por qué decía tal o cual cosa en ellas.
-Un poco disparatadas – se atrevió a decirle mi marido que no advirtió mi mirada. Siempre recomiendo a Roque sobre la manera en que debe dirigirse a Barrios, cuidando el tono y las palabras, porque el afecto que le tenemos no nos da derecho a ser confianzudos con él. Tenemos mucha suerte porque Barrios jamás se ofende por nada que le digamos, tanto es así que nos dio la siguiente explicación:
-No puedo describirles qué es un caduceo tambaleante y viejo, ni un prólogo de manos sin hambre.
Ustedes tendrán que ver, querida María, querido Roque, de qué manera vibran en su corazón estas imágenes. Y no son herméticas mis poesias. Y no son un disparate. Un diario abierto con el mundo encima, es exactamente eso. Piensen, mediten y verán que es así. Eso no es hermetismo, porque ahí está todo dicho.
Es como la música, como la pintura.
No obstante, por poner un ejemplo… alguna gente espera encontrar en un cuadro, en una pintura digamos… surrealista, una respuesta concreta, y esa respuesta está ahí, en esos trazos y colores, en esas imágenes y símbolos, porque ahí todo está dicho en forma de abanico, un abanico infinito, de tantas respuestas como preguntas haya, algo parecido al caos determinista del «efecto mariposa». Sólo que para captar ese efecto que produce la obra de arte, el observador debe colocarse en un plano diferente al de alguien que está parado en una esquina esperando el autobús, o consultando el menú en un restaurante.
Si alguien espera encontrar en una pintura abstracta, una única y concreta respuesta, es mejor que se coma su churrasco o que vaya a la esquina a esperar el autobús y deje el cuadro para que lo vea aquél que vibre y se deje conducir por donde su sensibilidad lo guíe, abandonándose, entregándose, sin buscar explicaciones, porque el arte, el arte – recalcó – es el hijo más amado del Amor, y el Amor es el Todo, que, como dicen los maestros seguidores del sendero de Hermes Trismegisto, es incognoscible. Hay pinturas que están cargadas de mensajes. ¡Ah! ¡los cuadros de Chirico! ¿Saben qué decía Chirico?
Nos miramos con Roque, avergonzados de nuestra ignorancia.
-No recuerdo a que cuadro pertenece Chirico, don Barrios, - contestó Roque – Apenas identifico a los jugadores de Boca, que es mi cuadro favorito, pero de Boca Chirico no es, con seguridad.
Barrios pareció no escuchar el comentario de mi marido y siguió con su explicación que nos iba resultando cada vez más confusa.
-¡Ah Chirico! Fundador de la pittura metafísica. Decía que una obra de arte tiene que contar algo que no aparece en su forma visible. Alucinante su atmósfera que, sin duda, obedecía a la profunda influencia que recibía de Nietzsche y Schopenhauer. ¿Qué quería decirnos con ese par de guantes de goma colorada junto al busto de mármol de una diosa? Aquí mismo tendríamos tres respuestas diferentes, una por cada uno de nosotros.
En esto se equivocaba nuestro amigo, porque por más que vibráramos y nos dejáramos guiar por nuestra sensibilidad, hubiera tenido una sola respuesta: la suya. Felizmente continuó con su discurso sin pedirnos nuestra opinión al respecto:
-El Arte no tiene una respuesta concreta, porque lo abarca todo, y el Todo no tiene sólo una respuesta sino infinitas respuestas. Uno puede preguntarse y responderse y no acabaría nunca de hacerlo – fue elevando la voz paulatinamente – Por eso las preguntas sobran cuando se trata de Arte.
Y ahora sí el discurso de Barrios se hizo imponente:
- A nadie se le ocurriría preguntarle a Mozart por qué le puso a su Réquiem tal música, pues.
Y a continuación del «pues» dicho en tono cortante y seco, Barrios vibró y se dejó conducir por donde su sensibilidad lo guiaba, abandonándose, entregándose, y recitó solemne:
Aquí hay una soledad que muerde.
Uno vive en el mundo del pensamiento.
El mundo de los solos.
Allá en el tren, indiferente en la noche,
unas cabezas viajan juntas en la misma luz,
algunas en cópula y sudor,
otras dormidas en el vidrio húmedo.
Oscuro, frío, árboles, mi auto espera.
El tren corrompe la noche casi blanca.
y pasan puntos oscuros a contraluz.
Tan solos.
Alguien lleva un diario abierto con el mundo encima.
Luego están los que piensan.
Busquemos a los que piensan
Porque están solos.
Oscuro, frío, árboles sin sombra,
aquí hay una soledad que muerde.
y mientras disimulaba una lágrima con su pañuelo, nos miró con sus ojos enormes cargados de tristeza, para terminar de aclararnos eso de que su poesía no es hermética, al agregar:
- Y es cierto que la soledad muerde.
Había un tema en especial del que nunca nos animábamos con Roque a mostrarnos demasiado curiosos, porque sabemos que las personas inteligentes y cultas como Barrios tienen derecho a escribir como se les antoje.
Por supuesto nunca le comentamos cómo nos reímos al leer aquello de «la soledad muerde», porque nos acordamos de Sole y nos imaginamos a mi prima mordiendo a don Barrios.
No obstante una vez me decidí a cuestionarle que sus poesías fueran herméticas, y quise saber por qué decía tal o cual cosa en ellas.
-Un poco disparatadas – se atrevió a decirle mi marido que no advirtió mi mirada. Siempre recomiendo a Roque sobre la manera en que debe dirigirse a Barrios, cuidando el tono y las palabras, porque el afecto que le tenemos no nos da derecho a ser confianzudos con él. Tenemos mucha suerte porque Barrios jamás se ofende por nada que le digamos, tanto es así que nos dio la siguiente explicación:
-No puedo describirles qué es un caduceo tambaleante y viejo, ni un prólogo de manos sin hambre.
Ustedes tendrán que ver, querida María, querido Roque, de qué manera vibran en su corazón estas imágenes. Y no son herméticas mis poesias. Y no son un disparate. Un diario abierto con el mundo encima, es exactamente eso. Piensen, mediten y verán que es así. Eso no es hermetismo, porque ahí está todo dicho.
Es como la música, como la pintura.
No obstante, por poner un ejemplo… alguna gente espera encontrar en un cuadro, en una pintura digamos… surrealista, una respuesta concreta, y esa respuesta está ahí, en esos trazos y colores, en esas imágenes y símbolos, porque ahí todo está dicho en forma de abanico, un abanico infinito, de tantas respuestas como preguntas haya, algo parecido al caos determinista del «efecto mariposa». Sólo que para captar ese efecto que produce la obra de arte, el observador debe colocarse en un plano diferente al de alguien que está parado en una esquina esperando el autobús, o consultando el menú en un restaurante.
Si alguien espera encontrar en una pintura abstracta, una única y concreta respuesta, es mejor que se coma su churrasco o que vaya a la esquina a esperar el autobús y deje el cuadro para que lo vea aquél que vibre y se deje conducir por donde su sensibilidad lo guíe, abandonándose, entregándose, sin buscar explicaciones, porque el arte, el arte – recalcó – es el hijo más amado del Amor, y el Amor es el Todo, que, como dicen los maestros seguidores del sendero de Hermes Trismegisto, es incognoscible. Hay pinturas que están cargadas de mensajes. ¡Ah! ¡los cuadros de Chirico! ¿Saben qué decía Chirico?
Nos miramos con Roque, avergonzados de nuestra ignorancia.
-No recuerdo a que cuadro pertenece Chirico, don Barrios, - contestó Roque – Apenas identifico a los jugadores de Boca, que es mi cuadro favorito, pero de Boca Chirico no es, con seguridad.
Barrios pareció no escuchar el comentario de mi marido y siguió con su explicación que nos iba resultando cada vez más confusa.
-¡Ah Chirico! Fundador de la pittura metafísica. Decía que una obra de arte tiene que contar algo que no aparece en su forma visible. Alucinante su atmósfera que, sin duda, obedecía a la profunda influencia que recibía de Nietzsche y Schopenhauer. ¿Qué quería decirnos con ese par de guantes de goma colorada junto al busto de mármol de una diosa? Aquí mismo tendríamos tres respuestas diferentes, una por cada uno de nosotros.
En esto se equivocaba nuestro amigo, porque por más que vibráramos y nos dejáramos guiar por nuestra sensibilidad, hubiera tenido una sola respuesta: la suya. Felizmente continuó con su discurso sin pedirnos nuestra opinión al respecto:
-El Arte no tiene una respuesta concreta, porque lo abarca todo, y el Todo no tiene sólo una respuesta sino infinitas respuestas. Uno puede preguntarse y responderse y no acabaría nunca de hacerlo – fue elevando la voz paulatinamente – Por eso las preguntas sobran cuando se trata de Arte.
Y ahora sí el discurso de Barrios se hizo imponente:
- A nadie se le ocurriría preguntarle a Mozart por qué le puso a su Réquiem tal música, pues.
Y a continuación del «pues» dicho en tono cortante y seco, Barrios vibró y se dejó conducir por donde su sensibilidad lo guiaba, abandonándose, entregándose, y recitó solemne:
Aquí hay una soledad que muerde.
Uno vive en el mundo del pensamiento.
El mundo de los solos.
Allá en el tren, indiferente en la noche,
unas cabezas viajan juntas en la misma luz,
algunas en cópula y sudor,
otras dormidas en el vidrio húmedo.
Oscuro, frío, árboles, mi auto espera.
El tren corrompe la noche casi blanca.
y pasan puntos oscuros a contraluz.
Tan solos.
Alguien lleva un diario abierto con el mundo encima.
Luego están los que piensan.
Busquemos a los que piensan
Porque están solos.
Oscuro, frío, árboles sin sombra,
aquí hay una soledad que muerde.
y mientras disimulaba una lágrima con su pañuelo, nos miró con sus ojos enormes cargados de tristeza, para terminar de aclararnos eso de que su poesía no es hermética, al agregar:
- Y es cierto que la soledad muerde.