viernes, 16 de septiembre de 2011

ROMANCE DEL HOMBRE SOLO

ROMANCE DEL HOMBRE SOLO

Había un tema en especial del que nunca nos animábamos con Roque a mostrarnos demasiado curiosos, porque sabemos que las personas inteligentes y cultas como Barrios tienen derecho a escribir como se les antoje.

Por supuesto nunca le comentamos cómo nos reímos al leer aquello de «la soledad muerde», porque nos acordamos de Sole y nos imaginamos a mi prima mordiendo a don Barrios.
No obstante una vez me decidí a cuestionarle que sus poesías fueran herméticas, y quise saber por qué decía tal o cual cosa en ellas.
-Un poco disparatadas – se atrevió a decirle mi marido que no advirtió mi mirada. Siempre recomiendo a Roque sobre la manera en que debe dirigirse a Barrios, cuidando el tono y las palabras, porque el afecto que le tenemos no nos da derecho a ser confianzudos con él. Tenemos mucha suerte porque Barrios jamás se ofende por nada que le digamos, tanto es así que nos dio la siguiente explicación:

-No puedo describirles qué es un caduceo tambaleante y viejo, ni un prólogo de manos sin hambre.
Ustedes tendrán que ver, querida María, querido Roque, de qué manera vibran en su corazón estas imágenes. Y no son herméticas mis poesias. Y no son un disparate. Un diario abierto con el mundo encima, es exactamente eso. Piensen, mediten y verán que es así. Eso no es hermetismo, porque ahí está todo dicho.
Es como la música, como la pintura.
No obstante, por poner un ejemplo… alguna gente espera encontrar en un cuadro, en una pintura digamos… surrealista, una respuesta concreta, y esa respuesta está ahí, en esos trazos y colores, en esas imágenes y símbolos, porque ahí todo está dicho en forma de abanico, un abanico infinito, de tantas respuestas como preguntas haya, algo parecido al caos determinista del «efecto mariposa». Sólo que para captar ese efecto que produce la obra de arte, el observador debe colocarse en un plano diferente al de alguien que está parado en una esquina esperando el autobús, o consultando el menú en un restaurante.
Si alguien espera encontrar en una pintura abstracta, una única y concreta respuesta, es mejor que se coma su churrasco o que vaya a la esquina a esperar el autobús y deje el cuadro para que lo vea aquél que vibre y se deje conducir por donde su sensibilidad lo guíe, abandonándose, entregándose, sin buscar explicaciones, porque el arte, el arte – recalcó – es el hijo más amado del Amor, y el Amor es el Todo, que, como dicen los maestros seguidores del sendero de Hermes Trismegisto, es incognoscible. Hay pinturas que están cargadas de mensajes. ¡Ah! ¡los cuadros de Chirico! ¿Saben qué decía Chirico?
Nos miramos con Roque, avergonzados de nuestra ignorancia.
-No recuerdo a que cuadro pertenece Chirico, don Barrios, - contestó Roque – Apenas identifico a los jugadores de Boca, que es mi cuadro favorito, pero de Boca Chirico no es, con seguridad.
Barrios pareció no escuchar el comentario de mi marido y siguió con su explicación que nos iba resultando cada vez más confusa.
-¡Ah Chirico! Fundador de la pittura metafísica. Decía que una obra de arte tiene que contar algo que no aparece en su forma visible. Alucinante su atmósfera que, sin duda, obedecía a la profunda influencia que recibía de Nietzsche y Schopenhauer. ¿Qué quería decirnos con ese par de guantes de goma colorada junto al busto de mármol de una diosa? Aquí mismo tendríamos tres respuestas diferentes, una por cada uno de nosotros.

En esto se equivocaba nuestro amigo, porque por más que vibráramos y nos dejáramos guiar por nuestra sensibilidad, hubiera tenido una sola respuesta: la suya. Felizmente continuó con su discurso sin pedirnos nuestra opinión al respecto:

-El Arte no tiene una respuesta concreta, porque lo abarca todo, y el Todo no tiene sólo una respuesta sino infinitas respuestas. Uno puede preguntarse y responderse y no acabaría nunca de hacerlo – fue elevando la voz paulatinamente – Por eso las preguntas sobran cuando se trata de Arte.
Y ahora sí el discurso de Barrios se hizo imponente:
- A nadie se le ocurriría preguntarle a Mozart por qué le puso a su Réquiem tal música, pues.

Y a continuación del «pues» dicho en tono cortante y seco, Barrios vibró y se dejó conducir por donde su sensibilidad lo guiaba, abandonándose, entregándose, y recitó solemne:
Aquí hay una soledad que muerde.
Uno vive en el mundo del pensamiento.
El mundo de los solos.

Allá en el tren, indiferente en la noche,
unas cabezas viajan juntas en la misma luz,
algunas en cópula y sudor,
otras dormidas en el vidrio húmedo.

Oscuro, frío, árboles, mi auto espera.

El tren corrompe la noche casi blanca.
y pasan puntos oscuros a contraluz.
Tan solos.
Alguien lleva un diario abierto con el mundo encima.
Luego están los que piensan.
Busquemos a los que piensan
Porque están solos.

Oscuro, frío, árboles sin sombra,
aquí hay una soledad que muerde.

y mientras disimulaba una lágrima con su pañuelo, nos miró con sus ojos enormes cargados de tristeza, para terminar de aclararnos eso de que su poesía no es hermética, al agregar:
- Y es cierto que la soledad muerde.

martes, 12 de abril de 2011

PAPEL PICADO



Odiar los propios textos es un movimiento hacia atrás todo el tiempo. Tener varias novelas, anilladas y todo, y odiarlas, temblar frente al deseo de destrozar cada una de las páginas sintiendo un placer asesino, para no volver a verlas, no existen, jamás escribí esa cosa, reprimirse porque ahí está la cuestión de la culpa con quien uno fuera cuando lo engendró y ahí salta la cobardía de no asumirse. Los propios textos que vuelven a ser insoportablemente odiosos ahora mismo. Ver cómo los renglones se llenan de palabras que quieren expresar dimensiones inexpresables, sentimientos para el diván, y qué pasa si me doy el gusto y hago papel picado con todo esto. No pasa nada. Nadie lo sabrá. Todo quedará dentro de mi culpa o del borrón adrede para evitar que mañana cuando ya no esté alguien lea “aquello” y se mate de risa. Y llegan las preguntas inevitables: que si tengo derecho a destruir mi trabajo de tanto tiempo, y que si lo releo le encontraría quizá algo rescatable, y que yo sé que me sorprendería de haber escrito tres o cuatro frases ingeniosas que luego olvidé, y que si las escribí entonces, hoy puedo volver a hacerlo pero mejor, gracias a la experiencia adquirida en estos años.

¿Experiencia? ¿De qué estamos hablando? Lo mejor es el PAPEL PICADO. 
 


 ESO QUE LLAMAN VIDA 

Tanto para decir, hasta que uno se encuentra con la página en blanco y ahí, shusssttt, desaparece todo. Es decir, nada para decirte, porque el orden no existe en ese "tanto para decir".  Uno a veces bucea entre recuerdos, y no tiene cómo ordenarlos. Los recuerdos suelen ser tramposos, se van modificando, y si quisiera contarte que yo tenía mucha energía entonces, no hace mucho no vayas a creer, te hablo de hace sólo dos años, no, algo más, tres, cuatro, cinco seis, cómo corre ésto, tal vez sean un par de añitos más, podía trabajar de lunes a viernes yendo al centro, como que te diga Corrientes a la altura de Callao, hartándome de viajar mal pero feliz de poder hacerlo, deseando que llegue el sábado para no ir, y de pronto estar enganchada en un profesorado de yoga en el mismo sitio pero los sábados, y no era que no querías ir al centro los sábados, claro, pero ahora es para otra cosa, muy bien, y vas durante tres años y te mandás el profesorado con un año más porque ya no te da el cuero para hacerlo en dos, pero vas y lo hacés, y ahí nomás te enterás de que tu marido encontró un sitio donde podemos ir a hacer teatro, los sábados a la tarde, teatro comunitario, te aceptan así como sos, y nos enganchamos - ya somos dos - y te vas chupando en el grupo que te gusta un montón, que tiene un nombre raro: Res o no Res, y pensás, ¡ Shakespeare! Ser o no ser, y te despista porque alude a las reses, a la carne, seguro tonta, si estás en Mataderos, Perfume Nacional, buen nombre para pensar en el olorcito que te llega desde mi barrio apenas el bondi se acerca a la zona, es tu cruz, vivís aquí, qué esperabas, encima tenés donde hacer teatro, y vos que hacías yoga le agregás saltar y cantar como loca, y sentirte piba, vieja pero piba, eh, y te encontrás conque los sábados es el ensayo pero la obra se presenta el domingo, ¿dónde? en el parque, mujer, ahí, sobre el pasto, ah claro, a ver si espero tener un escenario en serio, pero vas vos y tu marido, y cargan los gazebos y los bártulos, trepan por la colina como si fueran pibes, y te pasás tres años ¿algo menos? Por ahí. Te pasás tres años usando la semana para tu laburo, y los sábados y domingos para el teatro, saltando bailando y cantando como loca, como locos vos y tu marido, y ahí te das cuenta que eso es tanto para decir, es lo mejor que te pasó en la vida, porque podías usar todo el tiempo de esa cosa que llaman vida, y no desligarte de esa otra cosa que te duele y amás, porque tenés dos hijos hombres, que te agregan un plus a eso que llaman vida, y que hacen su vida y vos la tuya que es como creer en una vida única, claro, porque creías que eran tuyos y no, qué tuyos, eran suyos aunque te piensan y te quieren y a veces, hasta te necesitan pero vos vivís sintiendo que los necesitás todo el tiempo, y dale, cortá el párrafo que ya se está poniendo imposible. Casi  no queda sitio para agregar que no sé cómo ni cuándo, escribías todos esos cuentos, pintabas todos esos cuadros, y recordabas que tenías también un hermano, el Quique, que vive en Témperley y tienen una frecuencia diaria de llamados telefónicos para decirse nada o algo, y ahí pasan tantas cosas más en el medio, de esas que te dejan trepidando, que te cortan el aire y ya no sos como eras, como cuando el Quique se enfermó, pero volviendo atrás en el tiempo, bastante atrás, dejás el teatro porque no das más, extrañás mucho pero no te da el cuero, hasta que te encontrás con un archivo enorme de cosas para decir, y no tenés cómo ordenarlas, o sea que no puedo decirte nada, nada de nada, mientras sigo haciendo esta cosa extraña, eso que me pasa, eso que llaman Vida.