martes, 5 de abril de 2016

  En busca del tiempo robado

Desde la boca del subte sube un pesado sabor metálico de cierto largo y fogoso animal que prefiere deslizarse bajo tierra.
Apenas me acerco a su túnel, oigo cantar una guitarra que espera unas monedas.
No quiero bajar ahí, sé que voy a encontrar ojos en blanco, seres que quisieran estar en otra parte, tiempo compartido con desconocidos, cuerpos que te rozan y no te dejan respirar, que te meten en el vagón del subte y ya no podrás salir.
Estoy en el borde del andén. Detrás de mi, hay una muchedumbre apiñada que espera el próximo coche. El mínimo movimiento de alguien a mis espaldas, puede enviarme bajo las ruedas. Debo salir. Necesito aire. Huyo. A medida que subo las escaleras, mis pulmones sienten alivio.
Miro las 4 esquinas. El flujo y reflujo humano es interminable y uno se pregunta de dónde sale tanta gente aunque ya sabemos que la gente la hacemos nosotros y es obvio que nos la pasamos “haciendo gente” y después nos quejamos de que somos muchos pero lo mismo seguimos fabricando gente y eso parece que gusta mucho.
Me empujan, me apartan, se disculpan, alguien me toca y mete en mi mano un volante y otro y otro.
En la esquina un muchachito entrega papelitos sólo a los hombres. Está vendiendo mujeres por un rato. Me surge la pregunta del millón: ¿son libres esas mujeres? Hablo de secuestro, no de sexo, porque cada uno hace de su c… un pito. ¿son libres? ¿salen? ¿pueden salir solas? ¿nadie las sigue? Nadie las atrapa, nadie las trae de vuelta, nadie las golpea, nadie las mata. Nadie les quita lo que ganan. Si es así, son libres. Todos nos prostituimos. ¿Qué no? Veamos: qué estás vendiendo de tu propio yo: tus manos tu cuerpo y tu cerebro en la computadora, en el empaque y la caja registradora, en la fábrica, tu voz en el teléfono, en la recepción, recogiendo cañas de azúcar, sembrando papas, manejando camiones, colectivos, taxis, carneando reses, arreglando computadoras, levantando paredes, ¿cree alguien que esta lista tiene fin? Qué vende un profesor, un maestro sino lo mejor que tiene. Quien diga que no se vende, se equivoca. En el arte, ¡también! Porque si no cobraras por hacerlo, estarías vendiendo una imagen.
En todo este proceso, ¿qué pasa con el tiempo libre de cada cual? Y aquí es donde paro. Tengo que hacer preguntas.

 
Se oyen cruzados diálogos incoherentes, y cada uno parece andar muy en lo suyo. Todo el mundo simula estar haciendo cosas muy importantes, eso se les ve en el gesto. Y se puede llegar a creer que están muy en sus cosas, en asuntos verdaderamente propios.
Observo a la chica que lleva una agenda en la mano derecha y con la izquierda protege su carterita. ¿Es aquí donde ella quisiera estar en este momento? Se lo preguntaría con gusto, pero me contengo.
-       Señorita: está usted contenta de estar aquí y ahora?
-       Qué dice imbécil. A usted qué le importa.
-       Es que usted tiene aspecto de estar haciendo algo que le gusta.
-       Claro. Hacer cola en un banco es una cosa muy grata, especialmente cuando uno va a depositar dinero ajeno.
-       Es obvio que a usted le agrada hacer eso de formar fila en un banco durante hora y media, cambiando a cada rato de pie para no cansarse. Si a eso le agrega que lleva usted mucho dinero que no le pertenece, y que lo piensa depositar donde corresponde en lugar de comprarse un cosmético o unos zapatos con ese dinero que no es suyo, debo suponer que es muy agradable esa tarea.
-       ¿Quiere callarse? y déjeme pasar que cierran el banco. Y si desea saberlo, esto que hago no me gusta, y tampoco quisiera estar aquí sino pintando mis cuadros, y tomando mate con mi novio hasta que él se canse de esperar que yo deje mi labor y me abrace y no me suelte. ¿Puede comparar esta escena con ir a depositar al banco? Y apártese que ya bastante tengo con mis ocho horas de trabajo en una oficina asfixiante y mis tres horas de viaje trepada hora y media para ir, otro tanto para volver, como sardina. Tres horas entre la ida y la vuelta. Cansa más ese viaje que las ocho horas de trabajo. ¿A quién le cobro esas horas perdidas? ¿Sabe todo lo que se puede hacer en tres horas? Y váyase al diablo.
Esto es lo que ciertamente me ocurriría si se lo hubiera preguntado.Lo mismo al hombre que se arrastra sobre sus pies, llevando un pesado maletín y recorre cada negocio tratando de vender avisos de publicidad para una revista de farmacias homeopáticas, o ese otro que va muy envarado en su traje con chaleco y sube a un taxi mientras extraña su cero kilómetro guardado en casa, su velero y su playa, su copa y sus mujeres. También está aquella mujer con aspecto de secretaria perfecta, o abogada. Acaso ni siquiera sea abogada o secretaria, sólo una cadeta vieja que hace mandados para una abogada y trata de mimetizarse vistiendo como su patrona y copiando sus gestos. ¿Y ese que está sentado ante un café en la confitería de la esquina? Mira pasar la gente y parece indiferente, pero tiene hambre y ni siquiera pudo comprar una medialuna. Ese quisiera tal vez estar en su casa, donde por lo menos tiene pan y manteca. O acaso extraña a su amada que en realidad es un amor imposible como pasa siempre que uno se enamora, pero lo disimula. Unas chicas con uniforme escolar avanzan en grupo. ¿Es allí donde quieren ir? A nadie pueden mentirle sobre eso. 
            ¡Ah! Pero ¿que veo ahí? Ahí va una pareja. Ella lleva algo bajo el brazo. ¡Un violín! Y van leyendo unas partituras. Sospecho que se dirigen al Colón, que está muy cerca. Trataré de verles la cara, pero van muy enfrascados en sus papeles con música escrita. Van a cruzar la calle así que tendrán que levantar los rostros. Ya está. Estoy viendo la felicidad, el amor encarnado. Estoy viendo dos seres dueños de todo su tiempo.
            Vuelvo a mi esquina: Callao y Corrientes. El lugar huele a café, a pizza, mostaza, sudor, cosméticos, desodorantes, smog; y los vahos que salen del subte, (ese túnel tragadero de almas), agregan fuego y humedad, olor a encierro, aire malsano. En constante ebullición el tránsito sobre ruedas agrega, como finas hierbas, condimentos de variada combustión.
            Ya he visto bastante gente. Ahora observaré un poco las obras que hace la gente. Quién hizo esos autos, quien colocó los ladrillos de este enorme edificio, las escaleras que llevan al túnel sombrío y maloliente, quien cosió mi ropa, mis zapatos, todo cuanto me rodea y veo y todo lo que no veo pero sé que está hecho por la gente, cada libro, mis cigarrillos, el café en el bar y los pocillos donde se sirve el café, y esos maníes que fueron desgranados de su vaina rugosa, y los helados, y mis lentes, nunca terminaría de describir las obras que realiza la gente día a día para que día a día esta esquina sea lo que es. Es abrumador todo ésto. Ya no quiero seguir enumerando.
            Ahora quiero leer, pero no tengo aquí mis libros. Voy a leer afiches y carteles. Aquí me venden cursos para aprender distintos idiomas, o carreras para llegar a ser útil e importante en estas oficinas que adivino tras las ventanas de los altos edificios, o en aquellos consultorios o negocios. No dicen - los afiches - qué se debe estudiar para llegar a ser vendedor de quiosco o cuidador de perros. Oigo ahora la voz de una mujer que canta. Tiene registro de mezzosoprano. Ahí está, sacando brillo a los bronces de la puerta de entrada. Es la portera de ese edificio en cuyo frente hay un letrero que enumera cada cosa especial que hacen dentro.    
Otro mundo veo ahora: está pegado a los postes de alumbrado, a las columnas que sirven de entrada al subte, a las cabinas de distribución de electricidad, a cada pequeño espacio que se puede robar a la publicidad legal: son los pequeños carteles hechos a mano (publicidad ilegal) que ofrecen otro tipo de viaje: la promesa de ir hacia tu interior y por fin encontrarte.  Casi todos los que van y vienen apresurados, quisieran tener una horita libre para de verdad estar en lo suyo, meditar, hacerse unos masajes, practicar yoga, escribir su libro y publicarlo, aprender actuación, música o canto, o tocar la flauta o el triangulito, jugar un poco, pero casi nadie puede hacerlo, y pasan mirando de costado los cartelitos de la publicidad ilegal, suspirando con algo de nostalgia, soñando con ese otro viaje.
El día de trabajo está terminando, y eso se nota en el largo de las colas para esperar el vehículo que habrá de llevarlos de regreso.
Los vehículos están hoy muy demorados. Hay demasiada gente aquí esperando. Hace mucho calor y uno quisiera ducharse. Por allá viene una manifestación que explica la demora de los vehículos. Tardan un buen rato el paso de los hombres y mujeres con pancartas. Por fin comienzan a circular los vehículos y aparece aquél en el cual viajaré.
Casi no puedo pagar mi boleto pues hay aquí más gente de la que debiera. Ahora ya estoy bien, pagué mi boleto y me pude meter más adentro, y aunque voy como una sardina en su lata, felizmente estoy viajando hacia mi casa. Como es mucho el tránsito que se fue juntando debido al paso de la manifestación, los vehículos avanzan lentamente, y puedo ver cómo una señora muy vieja que camina en la vereda con su bastón, nos gana una y otra vez. Ahora parece que nosotros le ganamos a ella, pues ya no la veo, pero el tránsito se detiene ahora mucho rato, y la vieja del bastón reaparece y nos gana de nuevo. Ahí va, se da el lujo de quedarse un buen rato mirando una vidriera, se agacha mucho y trata de ver, mientras yo la miro a ella como si ella también estuviera en una vidriera. Ahora ella decide reanudar su marcha y la veo avanzar y vuelve a ganarnos.
Algunos que viajan conmigo se quejan porque no avanzamos. Otros bufan pero no se quejan. Ahí comienza a moverse el tránsito, y lentamente pasamos por un cuello de botella que se formó. A la izquierda pasan lentamente los vehículos, mientras a la derecha una larga cinta roja marca el espacio de calzada que unos hombres están arreglando. En pocos minutos saldremos de esta calle angosta e iremos por una avenida y ya nada impedirá que en una hora más, llegue a mi casa. Llegaré hoy muy tarde para cocinar, para leer o escribir un cuento, o ver televisión.
Como Saturno a sus hijos, el día que termina, se tragó mi tiempo libre

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domingo, 13 de diciembre de 2015

"... Es preciso despertar y organizar la solidaridad en tanto que necesidad biológica de mantenerse unidos contra la brutalidad y la explotación inhumanas. Esta es la tarea. Comienza con la educación de la soncienia, el saber, la observación y el sentimiento que aprehende lo que sucede: el crimen contra la humanidad. La justificación del trabajo intelectual reside en esta tarea, y hoy el trabajo intelectual necesita ser justificado." (Herbert Marcuse, Febrero, 1967- prólogo a "El hombre unidimensional")

martes, 10 de noviembre de 2015

SUEÑO Y MATERIA Olga Alonso

 El hombre está sujeto a seguir las incitaciones aventureras de su mente científica e inventiva, y a admirarse de sus espléndidas hazañas. Carl G. Jung


SUEÑO Y MATERIA Lo primero que hace el artista, es soñar la obra. Para construir ese sueño que aún no se materializó, buscará distintos elementos: de su propia experiencia, de sus deseos, frustraciones, éxitos, amores, sentimientos de lo más variado. Las imágenes que su fantasía elabora, son previas al hecho de la materialización. Ya tiene en su mente qué cosa quiere realizar. Ahora pondrá manos a la obra, y escribirá el esqueleto de un poema, o bocetará un posible cuadro, se escuchará tarareando los compases que enseguida va a componer sobre el pentagrama, o dibujará la fachada del edificio que piensa construir.

       Si el arte es preexistente, si sólo somos vehículos para que se manifieste y se convierta en partitura, en libro, en sonido, en danza, nos preguntamos cómo llegar a ese sitio para bajar alguna de las infinitas maravillas que atesora. Si ese espacio es intangible, es claro que no es con un cuerpo material como se puede ingresar en él, sino por medio del Sueño, de la Imaginación.

       No es aventurado suponer que ese poema que está saliendo ahora mismo de tu pluma, va siendo soñado a medida que se crea. Si todo "eso" existe desde antes que fuéramos ameba, salir en su búsqueda puede ser más que un intento. Se convierte en obsesión: ¿Dónde encontrarlo? ¿Cómo llegar a “eso”?


       EL SÍMBOLO CON SU CARGA

       Las palabras o frases que utilizamos como disparadores para elaborar nuestro texto en los ejercicios, tienen una carga simbólica que moviliza nuestra imaginación.

       En los talleres literarios, se suele incentivar a los participantes ofreciéndoles una palabra o frase, o bien una imagen narrada con ciertas señales, para que cada uno la utilice según sus propias intenciones. A partir de esos disparadores, cada autor sueña y realiza su obra.

      La misma palabra, la misma frase, tomadas por varios autores, nos dará obras totalmente diferentes, porque una misma palabra puede motivar de distinto modo según las vivencias bajo cuyo influencia estamos en el momento de utilizarla, y no tendrán el mismo sentido, ya que al hecho creativo se sumarán las experiencias individuales.

       Si de algo no nos privamos, es de soñar, ya sea dormidos o despiertos. Esa leyenda sobre la cual aún no apoyo mis ojos pero que espera ser leída, tu cuento, tu poema, son frutos. ¿Dónde estuvieron antes de ser lo que son? Y es de la copiosa producción de sueños, de donde nacen las creaciones admirables del ser humano, de cuyos frutos nos servimos sin cesar.

       Cuesta hacerse cargo de que el origen de algo tan material, como el teclado que ahora mismo estoy utilizando, tuvo antes un origen intangible. La intención o el deseo de materializar un sueño, es también sueño. Dejará de serlo cuando se haya materializado, cuando sea un hecho, cuando se haya convertido en un poema, un cuento, un teclado, un edificio, una pareja.

      Como ayer, hoy también: “Ser, o no ser”. Los antiguos maestros de los cuales nos alimentamos hoy, con seguridad padecieron sus interrogantes, sus dudas, y se sumergieron en sus “comas creativos” con la pasión que hoy ponemos en nuestras creaciones.

       Parece ser que venimos a esta vida con una provisión de valores que desconocemos, y que seguramente nos fueron dados para que los vayamos descubriendo. Maquinarias tan complejas como nuestro cerebro, deben tener poderosas razones para “ser”.

       Nuestro caprichoso pensamiento, el surgimiento imprevisto de ideas que nos iluminan y que aparecen sin aviso y nos exigen que las transformemos en materia, quedan la mayoría de las veces, perdidas “en el éter”. Atraparlas, no dejarlas escapar, pero tampoco dejarlas descansar tanto que lleguen a los dominios del olvido, es un ejercicio que no siempre logramos materializar.

       Y creo que de eso se trata. Puede sonar burdo, casi como un insulto a “eso inasible” que nos acompaña en la vida, el querer convertirlo en materia, palabra ésta que tiene tantas lecturas como interrogantes. Carlos Marx y Federico Engels nos dejaron su mochila que cargamos como piedras preciosas, pero al parecer, también, inagotables, pues no dejan de multiplicarse.

                                                                  Olga Alonso, Noviembre 2015

 El hombre está sujeto a seguir las incitaciones aventureras de su mente científica e inventiva, y a admirarse de sus espléndidas hazañas. Carl G. Jung

SUEÑO Y MATERIA - Olga Alonso

       Lo primero que hace el artista, es soñar la obra.

      Para construir ese sueño que aún no se materializó, buscará distintos elementos: de su propia experiencia, de sus deseos, frustraciones, éxitos, amores, sentimientos de lo más variado.

Las imágenes que su fantasía elabora, son previas al hecho de la materialización.

Ya tiene en su mente qué cosa quiere realizar. Ahora pondrá manos a la obra, y escribirá el esqueleto de un poema, o bocetará un posible cuadro, se escuchará tarareando los compases que enseguida va a componer sobre el pentagrama, o dibujará la fachada del edificio que piensa construir.

      Si el arte es preexistente, si sólo somos vehículos para que se manifieste y se convierta en partitura, en libro, en sonido, en danza, nos preguntamos cómo llegar a ese sitio para bajar alguna de las infinitas maravillas que atesora. Si ese espacio es intangible, es claro que no es con un cuerpo material como se puede ingresar en él, sino por medio del Sueño, de la Imaginación.

      No es aventurado suponer que ese poema que está saliendo ahora mismo de tu pluma, va siendo soñado a medida que se crea. Si todo "eso" existe desde antes que fuéramos ameba, salir en su búsqueda puede ser más que un intento. Se convierte en obsesión: ¿Dónde encontrarlo? ¿Cómo llegar a “eso”?

EL SÍMBOLO CON SU CARGA

      Las palabras o frases que utilizamos como disparadores para elaborar nuestro texto en los ejercicios, tienen una carga simbólica que moviliza nuestra imaginación. En los talleres literarios, se suele incentivar a los participantes ofreciéndoles una palabra o frase, o bien una imagen narrada con ciertas señales, para que cada uno la utilice según sus propias intenciones.
     
      A partir de esos disparadores, cada autor sueña y realiza su obra. La misma palabra, la misma frase, tomadas por varios autores, nos dará obras totalmente diferentes, porque una misma palabra puede motivar de distinto modo según las vivencias bajo cuyo influencia estamos en el momento de utilizarla, y no tendrán el mismo sentido, ya que al hecho creativo se sumarán las experiencias individuales.

      Si de algo no nos privamos, es de soñar, ya sea dormidos o despiertos. Esa leyenda sobre la cual aún no apoyo mis ojos pero que espera ser leída, tu cuento, tu poema, son frutos. ¿Dónde estuvieron antes de ser lo que son? Y es de la copiosa producción de sueños, de donde nacen las creaciones admirables del ser humano, de cuyos frutos nos servimos sin cesar.

      Cuesta hacerse cargo de que el origen de algo tan material, como el teclado que ahora mismo estoy utilizando, tuvo antes un origen intangible.

      La intención o el deseo de materializar un sueño, es también sueño. Dejará de serlo cuando se haya materializado, cuando sea un hecho, cuando se haya convertido en un poema, un cuento, un teclado, un edificio, una pareja. Como ayer, hoy también: “Ser, o no ser”.

      Los antiguos maestros de los cuales nos alimentamos hoy, con seguridad padecieron sus interrogantes, sus dudas, y se sumergieron en sus “comas creativos” con la pasión que hoy ponemos en nuestras creaciones. Parece ser que venimos a esta vida con una provisión de valores que desconocemos, y que seguramente nos fueron dados para que los vayamos descubriendo. Maquinarias tan complejas como nuestro cerebro, deben tener poderosas razones para “ser”.

      Nuestro caprichoso pensamiento, el surgimiento imprevisto de ideas que nos iluminan y que aparecen sin aviso y nos exigen que las transformemos en materia, quedan la mayoría de las veces, perdidas “en el éter”. Atraparlas, no dejarlas escapar, pero tampoco dejarlas descansar tanto que lleguen a los dominios del olvido, es un ejercicio que no siempre logramos materializar.

      Y creo que de eso se trata. Puede sonar burdo, casi como un insulto a “eso inasible” que nos acompaña en la vida, el querer convertirlo en materia, palabra ésta que tiene tantas lecturas como interrogantes. Carlos Marx y Federico Engels nos dejaron su mochila que cargamos como piedras preciosas, pero al parecer, también, inagotables, pues no dejan de multiplicarse.

                                                                           Olga Alonso, Noviembre 2015

miércoles, 26 de agosto de 2015

AURORA BOREAL - Aurora… ¡me suena! - ¿Vistesss? ¡A mi me pasó lo mismo! Como si lo conociera de toda mi vida. - ¿Y cómo te diste cuenta de lo mío? - Porque cuando pusiste el pocillo del café mío, lo pusiste pegado al de al lado, y ahí me di cuenta. Yo dije: al coso, al Ratón le está pasando algo. - Y vos decís que me curan. ¿cuánto cobran? - A la gorra. Se te quedan muy agradecidos si cuando vas llevás algún alimento no perecedero y lo dejás en la caja grande que está al costado del surtidor. Eso lo usan para los chicos carenciados. - ¿lo llevan a las escuelas? - No. A las escuelas no, porque los maestros se lo afanan para ellos, y los chicos ni se enteran. Así que se encargan ellos mismos de repartirlos. Hay mucha corrupción hay. - ¿Y cómo puedo llegar hasta el…? - El maestro. Vas a la placita, y donde ves un grupo te acercás y preguntás por el maestro, y ellos te dicen: el Gran Maestre, y te lo señalan. Es el que está fumando. - Ah, ¿fuman? - No. Él es el único que puede fumar. - ¿Y qué le digo? - No tenés que decirle nada. Él te ve, junta las manos, te saluda con una inclinación, y te invita a que lo sigas, con el gesto, ni te habla, ni precisa que le digas nada. Lo vas siguiendo y él te lleva a un costado, te hace unos pases con la mano, y te ubica en la ronda Aurora Boreal, así se llama la ronda. Vos te parás donde él te dice, y ya está. - ¿y ya estoy curado? - No. Primero te mira el aura, y sabe por el color qué asunto tenés, y te dice al oído un mantra. - ¿Mantra? - Si. Una frase secreta para vos nomás. La tenés que murmurar todo el tiempo a tu frase. ¡No sabés cómo se te contagia la energía, no sabés! - ¿Y ya estoy curado? - Pará. Primero te entra la energía, después él viene y te pone las manos así, y con eso se te va la mala onda, se te va. Y ahí se te cambia el color. - ¿Mi color? - El de tu aura. Pero vos no lo podés ver. El te lo ve, nomás. Y cuando te lo cambia vos sentís como un calorcito, y con tu frase secreta que la murmurás y la murmurás, se te duermen las manos, y tenés más fuerza para estar parado, todo de una. A veces tenés que ir tres veces a la semana, y ahí quedás curado de todo. Según lo que tengas, según. - ¿Y nunca se le murió alguien? - ¿Al maestre? Pobre de vos. Una vuelta vino una vieja a joder, y él se dio cuenta se dio, y le hizo imposición de manos, y la vieja se fue y nunca más volvió. - ¿Se murió la vieja? - No sabemos. Pero se fue para siempre. - A la pucha. Aurora boreal, me gusta el nombrecito. Hoy sin falta me corro. Capaz que la Juanita me vuelve a casa, y capaz que me gano la lotería, y capaz que consigo laburo de algo, y en una de esas, hasta se me pasa la picazón del pelo. Aurora boreal, hoy sin falta me corro, ché. Gracias ché. Sos un hermano.

jueves, 12 de enero de 2012

UN POEMA

EL TOLDO METÁLICO Y LA ESTRELLA

Entre dos planchas de aluminio, esa única estrella
sabe que la miro.
Me pregunto si ella me ve o si sólo percibe
ese rayo que parte de este mentido quieto mundo
hasta el movimiento de colibrí que la rodea.


¿Qué parte de mí, siente la distancia
entre ella y mi noche?

¿Tendrá ella su amanecer sin muerte,
su despunte de sol sin el rubor violado
de un horizonte al alcance de los dedos
que retrocede cuando avanzo?
¿Vibrará bajo el mediodía lo vertical del sol
o le lloverá la nube y le apagará el reflejo?

Entre sus piedras algo titila:
Es ella que me mira y grita
que dejen de matarse, que no quiero ver
que cosa oscura pasa en ese mundo,
para qué las flores si las queman,
o los ríos para morir de sed,
y esos hombres...
que no los quiero ver quebrados,
no soporto ver su gesto agónico.
Ya no me mires, mujer, desde la tierra,
olvida mi deslumbre y regresa
a tus dos planchas de aluminio,
a tu cápsula de savia y sangre.
Vuelve al croar de tu pantalla
y olvida el toldo.

Una nube se cruza y la estrella
se tapa los ojos y calla.
Entre ella y mi noche
algo de mí se cierra.


                            O.A.

jueves, 5 de enero de 2012

DESPUÉS DEL NAUFRAGIO

 
    El caminaba mirando sin ver la punta de sus zapatos. Estaba llegando a la puerta de entrada y levantó las pestañas. Sólo un poco. Su vista se deslizó hacia el cordón de la vereda. En el charco de agua limpia recién llovida, se reflejaban cabeza abajo los mismos edificios que se alzaban en la vereda de enfrente. Algo se movió en el agua apenas rizada: algo que parecía estar vivo. Se acercó al cordón para mirar mejor: era un papel plegado en forma de barco. El viejo barco que alguna vez su tío le enseñó a armar con una hoja de revista. Ahí estaba, el mismo modelo y tamaño, recién hecho, flotando. Buscó hacia atrás y hacia ambos lados de la vereda al marinero que lo puso ahí, pero no había nadie. Se preguntó por qué se demoraba mirando el agua, el barco, y no entraba de una buena vez.

    Los árboles se hundían en el charco invirtiendo su imagen. Las copas despojadas de sus hojas, dibujaban líneas oscuras contra el cielo gris claro casi blanco, un  cielo que estaba en el fondo del charco. Y el barquito que latía apenas se dejaba mover por algo que ni siquiera era brisa.

    Había que entrar. Ella aceptaría. ¿Por qué no habría de hacerlo?
    Un segundo después el hombre tocaba timbre, desde arriba le respondían y él entraba. En el ascensor se miró al espejo y le gustó que todo fuera gris. El día también, la calle con el tránsito reflejado en la humedad, el otoño avanzando sobre los ramas de los árboles que se iban desnudando, todo gris como su traje y la corbata de raso de seda natural que le quedaba muy bien.  Acomodó unas canas, se miró los pelos de la nariz. Sacó el folleto de viajes de un bolsillo, lo miró apenas y lo guardó.
    Ella le abrió la puerta y la soltó siguiendo con su trajinar, dejando que él entrara por su cuenta. Entonces fue que la vio trasladar desde los muebles y estantes todo su contenido hacia enormes canastas que recibían lo que pudiera caber en ellas, loza envuelta con servilletas, manteles, ropa de cama, hasta llegar al tope, y luego llenando otra y otra. El la miraba hacer y escuchaba una explicación confusa y apresurada acerca del cumpleaños de cierto amigo madrileño que la esperaba en España. España: eso creyó él escuchar. Y mientras ella hablaba y seguía armando las canastas, él sacaba del bolsillo el folleto de la agencia de viajes que quería mostrarle. Las fotos de veleros, montañas, monumentos, le parecieron infantiles. Ella se iba. Se iba a vivir a otro país, con alguien.
    Sintió mareos y se acercó a la ventana. Miró el cielo gris, la calle gris y notó que el barco de papel estaba totalmente mojado. En un minuto estará hundido, pensó. Y lo vio desaparecer de la superficie, dejando una estela circular. Miró a los lados para ver al infortunado marinero cuyo barco había naufragado, pero nadie había en la vereda. ¿Y qué puede importarme que se haya hundido? Se preguntó, y se sentó a mirar a la mujer para convencerse de que no estaba soñando.
    Dejó de mirarla y leyó algunas ofertas en el folleto. Luego, mecánicamente, dobló en dos la página. Con la uña alisó el doblez y marcó el centro en el mismo. Tomó después el extremo derecho y lo hizo girar hasta hacer coincidir el doblez de arriba con el centro de la página. Todavía me acuerdo, pensó. Luego hizo lo mismo con el otro extremo, mientras ella decía algo acerca de dejar todo en orden para devolver el departamento en condiciones, y él sin mirarla le respondía que por supuesto, hay que ser delicado con esas cosas, y seguía levantando las pestañas de la parte de abajo de la hoja sólo por dos centímetros, y afilaba el borde con la uña y lo repetía con la otra pestaña en sentido contrario, y ahora sí,  tomaba los extremos y los unía en el centro, ahuecando la figura, y formando un cuadrado, y volviendo a tomar las puntas hacía un segundo doblez de un lado y del otro, tiraba con firmeza y delicadeza a la vez, hacia afuera, y ahí estaba armado el barco, me salió de primera, se dijo, con fotos de veleros, de montañas y monumentos a todo color, ya era hora de que hubiera algo de color en esta tarde gris, y bajando por el ascensor salió a la calle buscando el borde de la vereda.              Alcanzó a ver en el fondo del charco una masa informe y gris de papel mojado . Sacó del bolsillo el folleto que ahora era un barco lleno de colores, estiró las manos, lo puso con delicadeza sobre la superficie del charco, y mirando para arriba dijo bajito:
- Feliz viaje, piba - Y se alejó silbando.