En busca del tiempo robado
Desde la boca del subte sube un pesado sabor metálico de cierto
largo y fogoso animal que prefiere deslizarse bajo tierra.
Apenas me acerco a su túnel, oigo cantar una guitarra que espera
unas monedas.
No quiero bajar ahí, sé que
voy a encontrar ojos en blanco, seres que quisieran estar en otra parte, tiempo
compartido con desconocidos, cuerpos que te rozan y no te dejan respirar, que
te meten en el vagón del subte y ya no podrás salir.
Estoy en el borde del andén.
Detrás de mi, hay una muchedumbre apiñada que espera el próximo coche. El
mínimo movimiento de alguien a mis espaldas, puede enviarme bajo las ruedas.
Debo salir. Necesito aire. Huyo. A medida que subo las escaleras, mis pulmones
sienten alivio.
Miro las 4 esquinas. El flujo y reflujo humano es interminable y
uno se pregunta de dónde sale tanta gente aunque ya sabemos que la gente la
hacemos nosotros y es obvio que nos la pasamos “haciendo gente” y después nos
quejamos de que somos muchos pero lo mismo seguimos fabricando gente y eso
parece que gusta mucho.
Me empujan, me apartan, se disculpan, alguien me toca y mete en mi
mano un volante y otro y otro.
En la esquina un muchachito entrega papelitos sólo a los hombres.
Está vendiendo mujeres por un rato. Me surge la pregunta del millón: ¿son
libres esas mujeres? Hablo de secuestro, no de sexo, porque cada uno hace de su
c… un pito. ¿son libres? ¿salen? ¿pueden salir solas? ¿nadie las sigue? Nadie
las atrapa, nadie las trae de vuelta, nadie las golpea, nadie las mata. Nadie
les quita lo que ganan. Si es así, son libres. Todos nos prostituimos. ¿Qué no?
Veamos: qué estás vendiendo de tu propio yo: tus manos tu cuerpo y tu cerebro
en la computadora, en el empaque y la caja registradora, en la fábrica, tu voz
en el teléfono, en la recepción, recogiendo cañas de azúcar, sembrando papas,
manejando camiones, colectivos, taxis, carneando reses, arreglando
computadoras, levantando paredes, ¿cree alguien que esta lista tiene fin? Qué
vende un profesor, un maestro sino lo mejor que tiene. Quien diga que no se
vende, se equivoca. En el arte, ¡también! Porque si no cobraras por hacerlo,
estarías vendiendo una imagen.
En todo este proceso, ¿qué pasa con el tiempo libre de cada cual?
Y aquí es donde paro. Tengo que hacer preguntas.
Se oyen cruzados diálogos incoherentes, y cada uno parece andar
muy en lo suyo. Todo el mundo simula estar haciendo cosas muy importantes, eso
se les ve en el gesto. Y se puede llegar a creer que están muy en sus cosas, en
asuntos verdaderamente propios.
Observo a la chica que lleva una agenda en la mano derecha y con
la izquierda protege su carterita. ¿Es aquí donde ella quisiera estar en este
momento? Se lo preguntaría con gusto, pero me contengo.
-
Señorita: está usted contenta
de estar aquí y ahora?
-
Qué dice imbécil. A usted qué
le importa.
-
Es que usted tiene aspecto de
estar haciendo algo que le gusta.
-
Claro. Hacer cola en un banco
es una cosa muy grata, especialmente cuando uno va a depositar dinero ajeno.
-
Es obvio que a usted le
agrada hacer eso de formar fila en un banco durante hora y media, cambiando a
cada rato de pie para no cansarse. Si a eso le agrega que lleva usted mucho
dinero que no le pertenece, y que lo piensa depositar donde corresponde en
lugar de comprarse un cosmético o unos zapatos con ese dinero que no es suyo,
debo suponer que es muy agradable esa tarea.
-
¿Quiere callarse? y déjeme
pasar que cierran el banco. Y si desea saberlo, esto que hago no me gusta, y
tampoco quisiera estar aquí sino pintando mis cuadros, y tomando mate con mi
novio hasta que él se canse de esperar que yo deje mi labor y me abrace y no me
suelte. ¿Puede comparar esta escena con ir a depositar al banco? Y apártese que
ya bastante tengo con mis ocho horas de trabajo en una oficina asfixiante y mis
tres horas de viaje trepada hora y media para ir, otro tanto para volver, como
sardina. Tres horas entre la ida y la vuelta. Cansa más ese viaje que las ocho
horas de trabajo. ¿A quién le cobro esas horas perdidas? ¿Sabe todo lo que se
puede hacer en tres horas? Y váyase al diablo.
Esto es lo que
ciertamente me ocurriría si se lo hubiera preguntado.Lo mismo al hombre que se
arrastra sobre sus pies, llevando un pesado maletín y recorre cada negocio
tratando de vender avisos de publicidad para una revista de farmacias homeopáticas,
o ese otro que va muy envarado en su traje con chaleco y sube a un taxi
mientras extraña su cero kilómetro guardado en casa, su velero y su playa, su
copa y sus mujeres. También está aquella mujer con aspecto de secretaria
perfecta, o abogada. Acaso ni siquiera sea abogada o secretaria, sólo una
cadeta vieja que hace mandados para una abogada y trata de mimetizarse
vistiendo como su patrona y copiando sus gestos. ¿Y ese que está sentado ante
un café en la confitería de la esquina? Mira pasar la gente y parece
indiferente, pero tiene hambre y ni siquiera pudo comprar una medialuna. Ese
quisiera tal vez estar en su casa, donde por lo menos tiene pan y manteca. O
acaso extraña a su amada que en realidad es un amor imposible como pasa siempre
que uno se enamora, pero lo disimula. Unas chicas con uniforme escolar avanzan
en grupo. ¿Es allí donde quieren ir? A nadie pueden mentirle sobre eso.
¡Ah! Pero ¿que veo ahí? Ahí va una
pareja. Ella lleva algo bajo el brazo. ¡Un violín! Y van leyendo unas partituras.
Sospecho que se dirigen al Colón, que está muy cerca. Trataré de verles la
cara, pero van muy enfrascados en sus papeles con música escrita. Van a cruzar
la calle así que tendrán que levantar los rostros. Ya está. Estoy viendo la
felicidad, el amor encarnado. Estoy viendo dos seres dueños de todo su tiempo.
Vuelvo a mi esquina: Callao y
Corrientes. El lugar huele a café, a pizza, mostaza, sudor, cosméticos,
desodorantes, smog; y los vahos que salen del subte, (ese túnel tragadero de
almas), agregan fuego y humedad, olor a encierro, aire malsano. En constante
ebullición el tránsito sobre ruedas agrega, como finas hierbas, condimentos de
variada combustión.
Ya he visto bastante gente. Ahora
observaré un poco las obras que hace la gente. Quién hizo esos autos, quien
colocó los ladrillos de este enorme edificio, las escaleras que llevan al túnel
sombrío y maloliente, quien cosió mi ropa, mis zapatos, todo cuanto me rodea y
veo y todo lo que no veo pero sé que está hecho por la gente, cada libro, mis
cigarrillos, el café en el bar y los pocillos donde se sirve el café, y esos
maníes que fueron desgranados de su vaina rugosa, y los helados, y mis lentes,
nunca terminaría de describir las obras que realiza la gente día a día para que
día a día esta esquina sea lo que es. Es abrumador todo ésto. Ya no quiero
seguir enumerando.
Ahora quiero leer, pero no tengo
aquí mis libros. Voy a leer afiches y carteles. Aquí me venden cursos para
aprender distintos idiomas, o carreras para llegar a ser útil e importante en estas
oficinas que adivino tras las ventanas de los altos edificios, o en aquellos
consultorios o negocios. No dicen - los afiches - qué se debe estudiar para
llegar a ser vendedor de quiosco o cuidador de perros. Oigo ahora la voz de una
mujer que canta. Tiene registro de mezzosoprano. Ahí está, sacando brillo a los
bronces de la puerta de entrada. Es la portera de ese edificio en cuyo frente
hay un letrero que enumera cada cosa especial que hacen dentro.
Otro mundo veo
ahora: está pegado a los postes de alumbrado, a las columnas que sirven de
entrada al subte, a las cabinas de distribución de electricidad, a cada pequeño
espacio que se puede robar a la publicidad legal: son los pequeños carteles
hechos a mano (publicidad ilegal) que ofrecen otro tipo de viaje: la promesa de
ir hacia tu interior y por fin encontrarte.
Casi todos los que van y vienen apresurados, quisieran tener una horita
libre para de verdad estar en lo suyo, meditar, hacerse unos masajes, practicar
yoga, escribir su libro y publicarlo, aprender actuación, música o canto, o
tocar la flauta o el triangulito, jugar un poco, pero casi nadie puede hacerlo,
y pasan mirando de costado los cartelitos de la publicidad ilegal, suspirando
con algo de nostalgia, soñando con ese otro viaje.
El día de trabajo
está terminando, y eso se nota en el largo de las colas para esperar el
vehículo que habrá de llevarlos de regreso.
Los vehículos
están hoy muy demorados. Hay demasiada gente aquí esperando. Hace mucho calor y
uno quisiera ducharse. Por allá viene una manifestación que explica la demora
de los vehículos. Tardan un buen rato el paso de los hombres y mujeres con
pancartas. Por fin comienzan a circular los vehículos y aparece aquél en el
cual viajaré.
Casi no puedo
pagar mi boleto pues hay aquí más gente de la que debiera. Ahora ya estoy bien,
pagué mi boleto y me pude meter más adentro, y aunque voy como una sardina en
su lata, felizmente estoy viajando hacia mi casa. Como es mucho el tránsito que
se fue juntando debido al paso de la manifestación, los vehículos avanzan
lentamente, y puedo ver cómo una señora muy vieja que camina en la vereda con
su bastón, nos gana una y otra vez. Ahora parece que nosotros le ganamos a
ella, pues ya no la veo, pero el tránsito se detiene ahora mucho rato, y la vieja
del bastón reaparece y nos gana de nuevo. Ahí va, se da el lujo de quedarse un
buen rato mirando una vidriera, se agacha mucho y trata de ver, mientras yo la
miro a ella como si ella también estuviera en una vidriera. Ahora ella decide
reanudar su marcha y la veo avanzar y vuelve a ganarnos.
Algunos que
viajan conmigo se quejan porque no avanzamos. Otros bufan pero no se quejan.
Ahí comienza a moverse el tránsito, y lentamente pasamos por un cuello de
botella que se formó. A la izquierda pasan lentamente los vehículos, mientras a
la derecha una larga cinta roja marca el espacio de calzada que unos hombres
están arreglando. En pocos minutos saldremos de esta calle angosta e iremos por
una avenida y ya nada impedirá que en una hora más, llegue a mi casa. Llegaré
hoy muy tarde para cocinar, para leer o escribir un cuento, o ver televisión.
Como Saturno a
sus hijos, el día que termina, se tragó mi tiempo libre
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