Odiar los propios textos es un movimiento hacia atrás todo el tiempo. Tener varias novelas, anilladas y todo, y odiarlas, temblar frente al deseo de destrozar cada una de las páginas sintiendo un placer asesino, para no volver a verlas, no existen, jamás escribí esa cosa, reprimirse porque ahí está la cuestión de la culpa con quien uno fuera cuando lo engendró y ahí salta la cobardía de no asumirse. Los propios textos que vuelven a ser insoportablemente odiosos ahora mismo. Ver cómo los renglones se llenan de palabras que quieren expresar dimensiones inexpresables, sentimientos para el diván, y qué pasa si me doy el gusto y hago papel picado con todo esto. No pasa nada. Nadie lo sabrá. Todo quedará dentro de mi culpa o del borrón adrede para evitar que mañana cuando ya no esté alguien lea “aquello” y se mate de risa. Y llegan las preguntas inevitables: que si tengo derecho a destruir mi trabajo de tanto tiempo, y que si lo releo le encontraría quizá algo rescatable, y que yo sé que me sorprendería de haber escrito tres o cuatro frases ingeniosas que luego olvidé, y que si las escribí entonces, hoy puedo volver a hacerlo pero mejor, gracias a la experiencia adquirida en estos años.
¿Experiencia? ¿De qué estamos hablando? Lo mejor es el PAPEL PICADO.
¿Experiencia? ¿De qué estamos hablando? Lo mejor es el PAPEL PICADO.
ESO QUE
LLAMAN VIDA
Tanto para decir, hasta que uno se encuentra con la página en
blanco y ahí, shusssttt, desaparece todo. Es decir, nada para decirte, porque
el orden no existe en ese "tanto para decir". Uno a veces bucea entre recuerdos, y no tiene
cómo ordenarlos. Los recuerdos suelen ser tramposos, se van modificando, y si
quisiera contarte que yo tenía mucha energía entonces, no hace mucho no vayas a
creer, te hablo de hace sólo dos años, no, algo más, tres, cuatro, cinco seis,
cómo corre ésto, tal vez sean un par de añitos más, podía trabajar de lunes a
viernes yendo al centro, como que te diga Corrientes a la altura de Callao,
hartándome de viajar mal pero feliz de poder hacerlo, deseando que llegue el
sábado para no ir, y de pronto estar enganchada en un profesorado de yoga en el
mismo sitio pero los sábados, y no era que no querías ir al centro los sábados,
claro, pero ahora es para otra cosa, muy bien, y vas durante tres años y te
mandás el profesorado con un año más porque ya no te da el cuero para hacerlo
en dos, pero vas y lo hacés, y ahí nomás te enterás de que tu marido encontró
un sitio donde podemos ir a hacer teatro, los sábados a la tarde, teatro
comunitario, te aceptan así como sos, y nos enganchamos - ya somos dos - y te
vas chupando en el grupo que te gusta un montón, que tiene un nombre raro: Res
o no Res, y pensás, ¡ Shakespeare! Ser o no ser, y te
despista porque alude a las reses, a la carne, seguro tonta, si estás en
Mataderos, Perfume Nacional, buen nombre para pensar en el olorcito que te
llega desde mi barrio apenas el bondi se acerca a la zona, es tu cruz, vivís
aquí, qué esperabas, encima tenés donde hacer teatro, y vos que hacías yoga le
agregás saltar y cantar como loca, y sentirte piba, vieja pero piba, eh, y te
encontrás conque los sábados es el ensayo pero la obra se presenta el domingo,
¿dónde? en el parque, mujer, ahí, sobre el pasto, ah claro, a ver si espero
tener un escenario en serio, pero vas vos y tu marido, y cargan los gazebos y
los bártulos, trepan por la colina como si fueran pibes, y te pasás tres años
¿algo menos? Por ahí. Te pasás tres
años usando la semana para tu laburo, y los sábados y domingos para el teatro,
saltando bailando y cantando como loca, como locos vos y tu marido, y ahí te
das cuenta que eso es tanto para decir, es lo mejor que te pasó en la vida,
porque podías usar todo el tiempo de esa cosa que llaman vida, y no desligarte
de esa otra cosa que te duele y amás, porque tenés dos hijos hombres, que te
agregan un plus a eso que llaman vida, y que hacen su vida y vos la tuya que es
como creer en una vida única, claro, porque creías que eran tuyos y no, qué
tuyos, eran suyos aunque te piensan y te quieren y a veces, hasta te necesitan
pero vos vivís sintiendo que los necesitás todo el tiempo, y dale, cortá el
párrafo que ya se está poniendo imposible. Casi no queda sitio para
agregar que no sé cómo ni cuándo, escribías todos esos cuentos, pintabas todos
esos cuadros, y recordabas que tenías también un hermano, el Quique, que vive
en Témperley y tienen una frecuencia diaria de llamados telefónicos para
decirse nada o algo, y ahí pasan tantas cosas más en el medio, de esas que te
dejan trepidando, que te cortan el aire y ya no sos como eras, como cuando el
Quique se enfermó, pero volviendo atrás en el tiempo, bastante atrás, dejás el
teatro porque no das más, extrañás mucho pero no te da el cuero, hasta que te
encontrás con un archivo enorme de cosas para decir, y no tenés cómo
ordenarlas, o sea que no puedo decirte nada, nada de nada, mientras sigo
haciendo esta cosa extraña, eso que me pasa, eso que llaman Vida.
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