El caminaba mirando sin ver la punta de sus zapatos. Estaba llegando a la puerta de entrada y levantó las pestañas. Sólo un poco. Su vista se deslizó hacia el cordón de la vereda. En el charco de agua limpia recién llovida, se reflejaban cabeza abajo los mismos edificios que se alzaban en la vereda de enfrente. Algo se movió en el agua apenas rizada: algo que parecía estar vivo. Se acercó al cordón para mirar mejor: era un papel plegado en forma de barco. El viejo barco que alguna vez su tío le enseñó a armar con una hoja de revista. Ahí estaba, el mismo modelo y tamaño, recién hecho, flotando. Buscó hacia atrás y hacia ambos lados de la vereda al marinero que lo puso ahí, pero no había nadie. Se preguntó por qué se demoraba mirando el agua, el barco, y no entraba de una buena vez.
Los árboles se hundían en el charco invirtiendo su imagen. Las copas despojadas de sus hojas, dibujaban líneas oscuras contra el cielo gris claro casi blanco, un cielo que estaba en el fondo del charco. Y el barquito que latía apenas se dejaba mover por algo que ni siquiera era brisa.
Había que entrar. Ella aceptaría. ¿Por qué no habría de hacerlo?
Un segundo después el hombre tocaba timbre, desde arriba le respondían y él entraba. En el ascensor se miró al espejo y le gustó que todo fuera gris. El día también, la calle con el tránsito reflejado en la humedad, el otoño avanzando sobre los ramas de los árboles que se iban desnudando, todo gris como su traje y la corbata de raso de seda natural que le quedaba muy bien. Acomodó unas canas, se miró los pelos de la nariz. Sacó el folleto de viajes de un bolsillo, lo miró apenas y lo guardó.
Ella le abrió la puerta y la soltó siguiendo con su trajinar, dejando que él entrara por su cuenta. Entonces fue que la vio trasladar desde los muebles y estantes todo su contenido hacia enormes canastas que recibían lo que pudiera caber en ellas, loza envuelta con servilletas, manteles, ropa de cama, hasta llegar al tope, y luego llenando otra y otra. El la miraba hacer y escuchaba una explicación confusa y apresurada acerca del cumpleaños de cierto amigo madrileño que la esperaba en España. España: eso creyó él escuchar. Y mientras ella hablaba y seguía armando las canastas, él sacaba del bolsillo el folleto de la agencia de viajes que quería mostrarle. Las fotos de veleros, montañas, monumentos, le parecieron infantiles. Ella se iba. Se iba a vivir a otro país, con alguien.
Sintió mareos y se acercó a la ventana. Miró el cielo gris, la calle gris y notó que el barco de papel estaba totalmente mojado. En un minuto estará hundido, pensó. Y lo vio desaparecer de la superficie, dejando una estela circular. Miró a los lados para ver al infortunado marinero cuyo barco había naufragado, pero nadie había en la vereda. ¿Y qué puede importarme que se haya hundido? Se preguntó, y se sentó a mirar a la mujer para convencerse de que no estaba soñando.
Dejó de mirarla y leyó algunas ofertas en el folleto. Luego, mecánicamente, dobló en dos la página. Con la uña alisó el doblez y marcó el centro en el mismo. Tomó después el extremo derecho y lo hizo girar hasta hacer coincidir el doblez de arriba con el centro de la página. Todavía me acuerdo, pensó. Luego hizo lo mismo con el otro extremo, mientras ella decía algo acerca de dejar todo en orden para devolver el departamento en condiciones, y él sin mirarla le respondía que por supuesto, hay que ser delicado con esas cosas, y seguía levantando las pestañas de la parte de abajo de la hoja sólo por dos centímetros, y afilaba el borde con la uña y lo repetía con la otra pestaña en sentido contrario, y ahora sí, tomaba los extremos y los unía en el centro, ahuecando la figura, y formando un cuadrado, y volviendo a tomar las puntas hacía un segundo doblez de un lado y del otro, tiraba con firmeza y delicadeza a la vez, hacia afuera, y ahí estaba armado el barco, me salió de primera, se dijo, con fotos de veleros, de montañas y monumentos a todo color, ya era hora de que hubiera algo de color en esta tarde gris, y bajando por el ascensor salió a la calle buscando el borde de la vereda. Alcanzó a ver en el fondo del charco una masa informe y gris de papel mojado . Sacó del bolsillo el folleto que ahora era un barco lleno de colores, estiró las manos, lo puso con delicadeza sobre la superficie del charco, y mirando para arriba dijo bajito:
- Feliz viaje, piba - Y se alejó silbando.
1 comentario:
¡Qué lindo cuento, y cuántos recuerdos! Me divertí mucho sacando la foto del barquito que lo inspiró. Un símbolo de tantas cosas que tenemos en común. Siempre me es grato seguirte de cerca, Olga, aunque a veces la corriente no ayude. Un abrazo.
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