lunes, 21 de septiembre de 2009

LA MENTIRA TIENE QUE SER BIEN ARMADA

Mentir cualquiera miente. Hacerlo bien, eso es otra cosa.
Cuando uno reconoce que puede ser un gran mentiroso, y nota que los demás le creen, debe dedicarse a escribir cuentos, y no andar soltando por ahí barbaridades que hasta a uno mismo lo escandalizan.

Yo mentí siempre. A mamá le decía que estudiaba mis lecciones de piano, pero lo que hacía era tocar de oído, y como mamá no sabía música, estaba muy orgullosa de mi talento. Nena, me decía, tocame el "O Sole mío", o el vals de las flores, y ahí le metía yo. La profesora, por cada tecla en la que apoyaba mis dedos, hacía que no con la cabeza, y con un lápiz martillaba sobre la partitura para hacerme leer correctamente frente a mi mirada que se ponía bizca mirando a un tiempo las notas y el reloj, contando los minutos para irme. Mamá siempre me creyó.
Sólo por eso me sentí una gran mentirosa y me largué a escribir cuentos. La verdad iría apareciendo poco a poco, cuando casi nadie me creyera.

Más arriba un pavorreal hembra abre su cola y deslumbra. ¿La hembra tiene cola también? ¿No es el macho el que despliega el abanico de belleza? No estoy segura, pero ya es tarde. La mentira no tardará en ser descubierta.
Más abajo está el cuento del hijo de Espartaco. Cualquiera que lea algo de historia sabe que no hubo tal hijo: no al menos el que yo cuento. Es, debo admitirlo, un canto a la libertad y por eso me sigue gustando, casi diría que me enorgullezco de él. Como el trabajo es largo, pueden pasarlo por alto, no me ofenderé.
Después está el del espejo, ese me gusta mucho. Es cortito y es una linda mentira.
Y el último es una zafadura que mejor la ignoran. Todavía me pregunto qué cosa fue la que me llevó a escribirlo. Ya traeré algunos otros engendros. Felices días para todos.

**********************************************************************************

No hay comentarios: