ESPARTACO EL TRACIO
Ahora que mi vida es una fuga de cuyo devenir voy sintiendo el ajuste, nada me cuesta confesar que lo pródigo de toda mi existencia fueron mis padres.
Mi nombre es Marcio Spartakus. Soy hijo de Espartaco el Tracio y de Varinia, la única mujer que le conocí, a la sazón la más bella entre las bellas.
Y aún si el sueño heroico de mi padre siguiera siendo sólo sueño en las centurias próximas, el símbolo forjado a partir de su lucha, nació con él para ser tomado como bandera por los siglos de los siglos.
Espartaco el Tracio, tenía una ilusión de cuyo epílogo, los hombres grandes han hecho su propósito: quería liberar a todos los esclavos. Para ello no era suficiente con abolir la esclavitud mediante la ley. La desintegración de la servidumbre, debía producirse desde dentro mismo del alma de cada esclavo. Y si su prédica lo convirtió en la vanguardia de esos primeros hombres, ( y mujeres, aclaro, porque también ellas participaban) también es verdad que era insuficiente a tal propósito: el miedo, la ignorancia, la consciencia de la poca fuerza en seres y armas, redujo el número a setenta. Y setenta fueron los esclavos en su mayoría hombres, armados con todo lo que encontraron a mano, que huyeron de la escuela de gladiadores de Capua de Léntulo Batiato y dieron lugar con su fuga y los hechos posteriores a lo que se conoció como la Tercera Guerra Servil , o Guerra de los Esclavos, o Guerra de los Gladiadores. Mi padre, Espartaco, llegó a la esclavitud cuando desertó de las auxilia (tropas auxiliares de Roma en las cuales militaba) y fue capturado y castigado por no ser ciudadano romano. A esta paradoja debo mi nacimiento.
Luego fue comprado por un mercader para dicha escuela de gladiadores, siendo ya famoso por su fuerza física, su inteligencia y destreza. En el paquete de venta figurábamos también entre otros, mi madre y yo. Y así fue como terminé arreglando los cabellos de las encumbradas señoras de Capua. Y si Espartaco tenía como meta desde siempre el terminar con la esclavitud, ahora, conociéndola por dentro y jugándose la vida en cada combate, no puede asombrar que lograra formar su pequeño ejército interno que luego escaparía de la escuela de gladiadores para intentar una lucha definitiva por la Libertad.
Espartaco y mi madre se conocieron durante los primeros tiempos en que él fue reducido a esclavitud. Yo crecí viendo a ese hombre enorme y aguerrido convertirse en el maestro de mis primeras letras, con dedicación y ternura. La primera palabra que me enseñó a escribir fue: Libertad. Cada clase, realizada dibujando las letras con un palo en la tierra húmeda, comenzaba con esa palabra que era un propósito marcado a fuego para él, y que más tarde lo sería también para mí.
Me valió para ser designado tonsores, mi aspecto físico, menudo y delicado casi enfermizo, de modo que me pasé buena parte de mi adolescencia arreglando peinados y cortando pelos. Escondía mi privilegio de alfabetizado por ser peligroso para mi seguridad: si un esclavo habla, es un riesgo. Si además piensa, es mejor que sea mudo. Pero si junto con todo eso puede escribir lo que habla y piensa, es un enemigo declarado.
Nadie crea que se armaban esas conversaciones entre peluquero y clienta que mas tarde serían comunes. Al contrario, yo debía guardar mutismo absoluto mientras me gritaban que les estaba tironeando el cabello. Comprendí que las señoras creían que yo era no sólo mudo, sino sordo analfabeto e imbécil. Pude escuchar así las cosas más increíbles.
Un día, mi padre me llevó a hacer con él una larga caminata. En el transcurso de la misma me hizo notar que mi madre era un ser valiente y fuerte, y con algunas frases dichas a medias, me dio a entender que juntos ella y él emprenderían un viaje que debía mantenerse en el más absoluto secreto. Le pedí ir con ellos, pero se opuso, diciendo que mi condición delicada ponía en peligro no sólo mi propia vida, sino la de los demás. Así fue como supe que no irían sólo ellos dos.
Antes de que pudiera reaccionar, en una de las frecuentes sesiones de peinado, me enteré que cerca de setenta esclavos, la mayoría hombres, habían huido. Sentí que mis dedos no me respondían, tal fue la impresión que me hizo escuchar a las señoras comentar entre ellas el hecho. Una alegría desmesurada me invadió entonces. La palabra Libertad se había convertido en algo concreto, en una cosa que se podía respirar, ver y tocar. Imaginando a mis padres libres de ir adonde quisieran haciendo lo que quisieran, en mi rostro deben haber aparecido signos tales de felicidad, que me valieron no sólo algún agudo grito de dolor de alguna señora, sino también algunos bofetones. Como yo era el mejor tonsores, a ninguna se le ocurrió relacionarme con los esclavos que huyeron, y pude seguir con mi actividad, escuchando sin decir una sola palabra, y poniendo cara de imbécil lo que no me era difícil. Desde ese lugar fui siguiendo las alternativas de lo que el grupo de fugitivos iba realizando. Cada victoria me afirmaba más en la decisión tomada de escapar también. Nadie me prestaba atención, de modo que fui estudiando la posibilidad de huir.
Supe que el ejército de mi padre había crecido de setenta hombres a setenta mil, y mi intención era llegar hasta ellos. Trataré de explicar brevemente lo absurdo de semejante propósito. No tenía - no tengo - la inteligencia y capacidad de criterio de mi padre, y menos todavía la experiencia de andar fuera del lugar de mi cautiverio. Apenas me alejé del sitio en plena noche, ya no sabía en que dirección moverme, a ciegas, a tropezones, y pude comprobar que me dormía caminando. Cuando los primeros rayos de sol iluminaron el horizonte, me pude ver rodeado de árboles. Caí exhausto a tierra y me abandoné al sueño.
Creo que estoy no muy lejos de mis amos esclavistas, pero sí muy lejos del ejército de mi padre. No tengo más alimentos y creo haber escuchado un aullido no muy lejano. Dije al comienzo que mi vida es una fuga de cuyo devenir voy sintiendo el ajuste. Cuando mis amos descubran que no estoy donde debiera, seguramente enviarán por mí. De mi corta vida en este mundo, lo más importante es la primera Palabra que aprendí a escribir. Y si en este momento me ofrecieran comida a cambio de regresar a mi cautiverio, sé que no lo aceptaría.
El hambre me está consumiendo, y los aullidos vienen desde direcciones opuestas: de un lado la jauría de perros de los que me buscan para reintegrarme a la servidumbre, del otro lado, el aullido del hermano lobo que busca su alimento. Los primeros llegarán tarde. Lo que vean que ha quedado de mí, puedo imaginarlo. Ahora me dirijo hacia el aullido solitario de mi hermano lobo. Seré su comida, y ya que he dejado de ser esclavo, esta será mi primera experiencia de Libertad.
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Ahora que mi vida es una fuga de cuyo devenir voy sintiendo el ajuste, nada me cuesta confesar que lo pródigo de toda mi existencia fueron mis padres.
Mi nombre es Marcio Spartakus. Soy hijo de Espartaco el Tracio y de Varinia, la única mujer que le conocí, a la sazón la más bella entre las bellas.
Y aún si el sueño heroico de mi padre siguiera siendo sólo sueño en las centurias próximas, el símbolo forjado a partir de su lucha, nació con él para ser tomado como bandera por los siglos de los siglos.
Espartaco el Tracio, tenía una ilusión de cuyo epílogo, los hombres grandes han hecho su propósito: quería liberar a todos los esclavos. Para ello no era suficiente con abolir la esclavitud mediante la ley. La desintegración de la servidumbre, debía producirse desde dentro mismo del alma de cada esclavo. Y si su prédica lo convirtió en la vanguardia de esos primeros hombres, ( y mujeres, aclaro, porque también ellas participaban) también es verdad que era insuficiente a tal propósito: el miedo, la ignorancia, la consciencia de la poca fuerza en seres y armas, redujo el número a setenta. Y setenta fueron los esclavos en su mayoría hombres, armados con todo lo que encontraron a mano, que huyeron de la escuela de gladiadores de Capua de Léntulo Batiato y dieron lugar con su fuga y los hechos posteriores a lo que se conoció como la Tercera Guerra Servil , o Guerra de los Esclavos, o Guerra de los Gladiadores. Mi padre, Espartaco, llegó a la esclavitud cuando desertó de las auxilia (tropas auxiliares de Roma en las cuales militaba) y fue capturado y castigado por no ser ciudadano romano. A esta paradoja debo mi nacimiento.
Luego fue comprado por un mercader para dicha escuela de gladiadores, siendo ya famoso por su fuerza física, su inteligencia y destreza. En el paquete de venta figurábamos también entre otros, mi madre y yo. Y así fue como terminé arreglando los cabellos de las encumbradas señoras de Capua. Y si Espartaco tenía como meta desde siempre el terminar con la esclavitud, ahora, conociéndola por dentro y jugándose la vida en cada combate, no puede asombrar que lograra formar su pequeño ejército interno que luego escaparía de la escuela de gladiadores para intentar una lucha definitiva por la Libertad.
Espartaco y mi madre se conocieron durante los primeros tiempos en que él fue reducido a esclavitud. Yo crecí viendo a ese hombre enorme y aguerrido convertirse en el maestro de mis primeras letras, con dedicación y ternura. La primera palabra que me enseñó a escribir fue: Libertad. Cada clase, realizada dibujando las letras con un palo en la tierra húmeda, comenzaba con esa palabra que era un propósito marcado a fuego para él, y que más tarde lo sería también para mí.
Me valió para ser designado tonsores, mi aspecto físico, menudo y delicado casi enfermizo, de modo que me pasé buena parte de mi adolescencia arreglando peinados y cortando pelos. Escondía mi privilegio de alfabetizado por ser peligroso para mi seguridad: si un esclavo habla, es un riesgo. Si además piensa, es mejor que sea mudo. Pero si junto con todo eso puede escribir lo que habla y piensa, es un enemigo declarado.
Nadie crea que se armaban esas conversaciones entre peluquero y clienta que mas tarde serían comunes. Al contrario, yo debía guardar mutismo absoluto mientras me gritaban que les estaba tironeando el cabello. Comprendí que las señoras creían que yo era no sólo mudo, sino sordo analfabeto e imbécil. Pude escuchar así las cosas más increíbles.
Un día, mi padre me llevó a hacer con él una larga caminata. En el transcurso de la misma me hizo notar que mi madre era un ser valiente y fuerte, y con algunas frases dichas a medias, me dio a entender que juntos ella y él emprenderían un viaje que debía mantenerse en el más absoluto secreto. Le pedí ir con ellos, pero se opuso, diciendo que mi condición delicada ponía en peligro no sólo mi propia vida, sino la de los demás. Así fue como supe que no irían sólo ellos dos.
Antes de que pudiera reaccionar, en una de las frecuentes sesiones de peinado, me enteré que cerca de setenta esclavos, la mayoría hombres, habían huido. Sentí que mis dedos no me respondían, tal fue la impresión que me hizo escuchar a las señoras comentar entre ellas el hecho. Una alegría desmesurada me invadió entonces. La palabra Libertad se había convertido en algo concreto, en una cosa que se podía respirar, ver y tocar. Imaginando a mis padres libres de ir adonde quisieran haciendo lo que quisieran, en mi rostro deben haber aparecido signos tales de felicidad, que me valieron no sólo algún agudo grito de dolor de alguna señora, sino también algunos bofetones. Como yo era el mejor tonsores, a ninguna se le ocurrió relacionarme con los esclavos que huyeron, y pude seguir con mi actividad, escuchando sin decir una sola palabra, y poniendo cara de imbécil lo que no me era difícil. Desde ese lugar fui siguiendo las alternativas de lo que el grupo de fugitivos iba realizando. Cada victoria me afirmaba más en la decisión tomada de escapar también. Nadie me prestaba atención, de modo que fui estudiando la posibilidad de huir.
Supe que el ejército de mi padre había crecido de setenta hombres a setenta mil, y mi intención era llegar hasta ellos. Trataré de explicar brevemente lo absurdo de semejante propósito. No tenía - no tengo - la inteligencia y capacidad de criterio de mi padre, y menos todavía la experiencia de andar fuera del lugar de mi cautiverio. Apenas me alejé del sitio en plena noche, ya no sabía en que dirección moverme, a ciegas, a tropezones, y pude comprobar que me dormía caminando. Cuando los primeros rayos de sol iluminaron el horizonte, me pude ver rodeado de árboles. Caí exhausto a tierra y me abandoné al sueño.
Creo que estoy no muy lejos de mis amos esclavistas, pero sí muy lejos del ejército de mi padre. No tengo más alimentos y creo haber escuchado un aullido no muy lejano. Dije al comienzo que mi vida es una fuga de cuyo devenir voy sintiendo el ajuste. Cuando mis amos descubran que no estoy donde debiera, seguramente enviarán por mí. De mi corta vida en este mundo, lo más importante es la primera Palabra que aprendí a escribir. Y si en este momento me ofrecieran comida a cambio de regresar a mi cautiverio, sé que no lo aceptaría.
El hambre me está consumiendo, y los aullidos vienen desde direcciones opuestas: de un lado la jauría de perros de los que me buscan para reintegrarme a la servidumbre, del otro lado, el aullido del hermano lobo que busca su alimento. Los primeros llegarán tarde. Lo que vean que ha quedado de mí, puedo imaginarlo. Ahora me dirijo hacia el aullido solitario de mi hermano lobo. Seré su comida, y ya que he dejado de ser esclavo, esta será mi primera experiencia de Libertad.
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