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ROMANCE DEL HOMBRE SOLO
Había un tema en especial del que nunca nos animábamos con Roque a mostrarnos demasiado curiosos, porque sabemos que las personas inteligentes y cultas como Barrios tienen derecho a escribir como se les antoje.
Por supuesto nunca le comentamos cómo nos reímos al leer aquello de “la soledad muerde”, porque nos acordamos de Sole y nos imaginamos a mi prima mordiendo a don Barrios.
No obstante una vez me decidí a cuestionarle que sus poesías son herméticas, y quise saber por qué decía tal o cual cosa en ellas.
-Un poco disparatadas – se atrevió a decirle mi marido que no advirtió mi mirada. Siempre recomiendo a Roque sobre la manera en que debe dirigirse a Barrios, cuidando el tono y las palabras, porque el afecto que le tenemos no nos da derecho a ser confianzudos con él. Tenemos mucha suerte porque Barrios jamás se ofende por nada que le digamos, tanto es así que nos dio la siguiente explicación:
-No puedo describirles qué es un caduceo tambaleante y viejo ni un prólogo de manos sin hambre.
Ustedes tendrán que ver, querida María, querido Roque, de qué manera vibran en su corazón estas imágenes. Y no son herméticas mis poesias. Y no son un disparate. Un diario abierto con el mundo encima, es exactamente eso. Piensen, mediten y verán que es así. Eso no es hermetismo, porque ahí está todo dicho.
Es como la música, la pintura.
No obstante, por poner un ejemplo… alguna gente espera encontrar en un cuadro, en una pintura digamos … surrealista una respuesta concreta, y esa respuesta está ahí, en esos trazos, en esos colores, en esas imágenes y símbolos, porque ahí todo está dicho en forma de abanico, un abanico infinito, de tantas respuestas como preguntas haya, algo parecido al caos determinista del “efecto mariposa”. Sólo que para captar ese efecto que produce la obra de arte, el observador debe colocarse en un plano diferente al de alguien que está parado en una esquina esperando el autobús, o consultando el menú en un restaurante.
Si alguien espera encontrar en una pintura abstracta, una única y concreta respuesta, es mejor que se coma su churrasco o que vaya a la esquina a esperar el autobús y deje el cuadro para que lo vea aquél que vibre y se deje conducir por donde su sensibilidad lo guíe, abandonándose, entregándose, sin buscar explicaciones, porque el arte, el arte – recalcó – es el hijo más amado del Amor, y el Amor es el Todo, que, como dicen los maestros seguidores del sendero de Hermes Trismegisto, es incognoscible. Hay pinturas que están cargadas de mensajes. ¡Ah! ¡los cuadros de Chirico! ¿Saben qué decía Chirico?
Nos miramos con Roque, avergonzados de nuestra ignorancia.
-No recuerdo a que cuadro pertenece Chirico, don Barrios, - contestó Roque – Apenas identifico a los de Boca, que es mi cuadro favorito, pero de Boca Chirico no es, con seguridad.
Barrios pareció no escuchar el comentario de mi marido y siguió con su explicación que nos iba resultando cada vez más confusa.
-¡Ah Chirico! Fundador de la pittura metafísica. Decía que una obra de arte tiene que contar algo que no aparece en su forma visible. Alucinante su atmósfera que, sin duda, obedecía a la profunda influencia que recibía de Nietzsche y Shopenhauer. ¿Qué quería decirnos con ese par de guantes de goma colorada junto al busto de mármol de una diosa? Aquí mismo tendríamos tres respuestas diferentes, una por cada uno de nosotros.
En esto se equivocaba nuestro amigo, porque por más que vibráramos y nos dejáramos guiar por nuestra sensibilidad, hubiera tenido una sola respuesta: la suya. Felizmente continuó con su discurso sin pedirnos nuestra opinión al respecto:
-El Arte no tiene una respuesta concreta, porque lo abarca todo, y el Todo no tiene sólo una respuesta sino infinitas respuestas. Uno puede preguntarse y responderse y no acabaría nunca de hacerlo – fue elevando la voz paulatinamente – Por eso las preguntas sobran cuando se trata de Arte.
Y ahora sí el discurso de Barrios se hizo imponente:
- A nadie se le ocurriría preguntarle a Mozart por qué le puso a su Réquiem tal música, pues.
Y a continuación del “pues” dicho en tono cortante y seco, Barrios vibró y se dejó conducir por donde su sensibilidad lo guiaba, abandonándose, entregándose, y mientras disimulaba una lágrima con su pañuelo, nos miró con sus ojos enormes cargados de tristeza, para terminar de aclararnos eso de que su poesía no es hermética, al agregar:
- Y es cierto que la soledad muerde.
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CRISIS DE IDENTIDAD
Conferencia de Prensa)
Los he reunido aquí para decirles que felizmente ya sé quien y qué soy.
Me llaman Iride, nombre que según dice mi madre tiene que ver con los colores del arco iris; según mi abuela con ciertas plantas llamadas irídeas como el lirio y el azafrán, y sostiene que hay una que se llama exactamente así, Iride, una especie de lirio que tiene flores azules y huele a hortensias y también como los frutos del bosque; según un tío mío que es poeta, el nombre viene del iridium, una piedra muy dura y sostiene que es la materia de que están hechas las estrellas. Como pueden ver, nada tiene que ver con nada y no sé quién tiene razón al respecto.
En cuanto a lo que soy, ya lo están viendo: soy un pavo real hembra. No sé si esto es una fortuna o una fatalidad, ya que siempre la búsqueda de identidad parece ser importante.
De chica escuché decir en rueda de familia que yo era mono. Durante años crecí convencida de que lo era: un mono de agua, según dijeron. ¡No saben las veces que mis hermanos mayores me tuvieron que ir a buscar a la jaula de los monos! yo no quería salirme y me sentía entre el cielo y el infierno porque estaba muy contenta de ser mono. Los veía distintos a mi familia, y suponía que yo debía ser como ellos, y no como mis hermanos. ¿Pueden entender lo de mi crisis de identidad? Y no porque considerara a los monos inferiores a mi familia. Al contrario. ¿Saben que son los bichos más inteligentes del zoológico? Simpáticos, gauchos, entradores, sobre todo entradores. Por eso tuve algunos problemitas pero sin importancia.
Debido a mis escapadas a la jaula de los monos, en mi familia se dieron cuenta de mi error y me aclararon las cosas: yo era un pavo, pero no cualquier pavo, era un pavo real. Y ahí tuve que aguantar las explicaciones de mi tío el poeta, que trató de que yo entendiera la importancia de mi rango. Afirmaba que mi cola -según no se quién-, era símbolo de la unión de todos los colores y de la totalidad y que en el arte cristiano los pavos reales simbolizan la inmortalidad y el alma incorruptible; que en el horario místico nosotros representamos al crepúsculo y que para los hindúes simbolizamos el cielo estrellado. Con su santa paciencia tío me explicó que lo de mono de agua, tenía que ver con el horóscopo chino por mi fecha de nacimiento, y que yo era mono de agua, y que él, por ejemplo, era caballo de madera y mi mamá era tigre de fuego o algo así. Todo eso me llenó de confusiones. Yo no era ese monito simpático que se desplumaba tratando infructuosamente de colgarse de rama en rama como veía hacer a los otros, sino un ave que pertenece al orden de los gallináceos. ¿Ustedes saben cómo funciona eso de la autoestima baja? ¡En lugar de ser el eslabón perdido yo era un gallináceo!
Todos los animales del zoológico, menos los delfines, creen que los humanos son los exponentes más elevados del reino animal. Al respecto también me aleccionó mi tío. Los humanos, afirma despectivamente, son vanidosos y tontos por naturaleza.
Suele decirse que cuando un humano es engreído y agrandado, es un pavo real, porque se asocia la vanidad con nosotros. ¡Pero por favor! ¡Si un hombre vanidoso es un globo hinchado que si lo pinchás puf, desaparece! ¡Una mujer vanidosa es una estúpida que cree ser lo que no es! ¡Pero ninguno de ellos es UN PAVO REAL. Mi tío se indigna con todo esto, y ahora que voy comprobando cuánta razón tiene, yo también me indigno bastante.
De modo que somos un símbolo de realeza, y eso no lo inventamos nosotros los pavos reales sino lo humanos, que siempre tienen que complicar las cosas, y que a todo le ponen trompetas, como si fuera más importante ser pavo real que rinoceronte.
Algunos dicen que lo de real viene por esto que tengo aquí en la cabeza, que se asemeja a una coronita. Parece que este plumerito que tengo aquí, es equivalente a la cresta de la gallina y es equivalente a los pelos que tiene cualquier humano que no es calvo. Son antenitas por donde nos entra la energía del cosmos. Todo bicho que camina, repta, vuela o nada tiene sus antenitas: yo tengo éstas.
Con respecto a no saber cómo soy, es lógico, tengo una cabeza muy chica y no puedo ver mi cola, por ejemplo. Todo el mundo quiere ver mi cola. Debe ser muy hermosa porque todos sin excepción, cuando la despliego hacen ¡oohhh!!!
Y ahora sé que no es importante que yo sepa cómo soy físicamente, sino que, lo que realmente cuenta es saber quién y qué soy, para tener mi propia identidad.
Por eso los he reunido. Quiero declarar ante todo el mundo que soy muy feliz. Ahora sé que soy un pavo real hembra, mono de agua, gallináceo, y soy la inmortalidad y el alma incorruptible, y el crepúsculo y el cielo estrellado, y soy un ave, y soy la totalidad, y soy íride porque tengo todos los colores, y soy el arte cristiano, y soy un lirio que vendría a ser una flor azul, y soy una piedra muy dura salida de una estrella, y un símbolo de la realeza, pero también - y esto es lo más importante - sé lo que no soy: lamentablemente no soy un mono de agua ni de otra clase, y felizmente sé que de todos los animales, no soy el más vanidoso, el más arrogante y el más parlanchín: el ser humano. He dicho.
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"Quesa Jawani, la calle de los narradores de historias", es un cuento que me fue inspirado hace más de veinte años por una nota que leí en la contratapa de Página 12, firmada por Adriana Schettini titulada "Perfume de mujer". La protagonista de mi cuento, Farisa, es alguien fuerte, en ese país de mujeres sometidas, vendidas en el mercado, a quienes se le extirpa el clítoris antes de los quince años para evitar su seducción. Primero quiero copiar fragmentos de la nota de Adriana Schettini, y luego el cuento, que por razones mágicas se enlaza con la Feria Artesanal de Mataderos (mi barrio), con Borges, y con la mujer heroica, valiente, capaz de salir al encuentro de las injusticias y luchar contra ellas.
Fragmentos de "Perfume de mujer" de Adriana Schettini en Página 12-1988
« Los doscientos kilómetros que separan Kabul de la ciudad paquistaní de Peshawar encerraron durante siglos un reposo codiciado para los viajeros: Quesa Jawani, la calle de los narradores de historias. Allí, las casas de té -que aún existen- invitaban a una pausa y los narradores profesionales vendían la actualidad en forma de cuento. Ya no quedan cuentistas en la zona. Sin embargo, la realidad se sigue susurrando.
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En Peshawar los periodistas -a la manera de los antiguos narradores- buscan historias y a veces sólo obtienen leyendas. Así la escritora británica Doris Lessing pasó semanas completas entrevistando gente, ansiosa por obtener datos de un mítico grupo guerrillero integrado exclusivamente por mujeres y liderado por una joven llamada Maryam.
…............
Soofi Akbar, un jefe de aldea, explica que las jóvenes deben permanecer encerradas en sus casas para evitar la seducción antes de los 14 años, momento en el que ingresan al mercado. Antes se las vendía por 200 mil afganos … Desde el comienzo de la guerra la cotización de las mujeres subió como la de todo otro producto. Hoy se paga un mínimo de 300 mil afganos por una futura esposa.
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(Adriana Schettini - Página 12 - Domingo 22 de Mayo de 1988)
Y AHORA EL CUENTO:
QUESA JAWANI, LA CALLE DE LOS NARRADORES DE HISTORIAS
Dedicado a Adriana Schettini
Que haya sueños es raro,que haya espejos, Que el usual y gastado repertorio
de cada día incluya el ilusorio orbe profundo que urden los reflejos.
("LOS ESPEJOS" - J.L.Borges)
Refiriéndonos a Fulvio, decíamos que era un cazador de historias, que terminaba cazado por ellas. Después del esfuerzo intelectual, que siempre era angustioso, quedaba deprimido. Eso me preocupaba.. El me miraba con sus ojos plegados y me decía:
-Olvidate, loco. ¿Qué podés hacer por un viejo de doscientos años?
Escribir era, para él, inevitable y doloroso. Al principio se mostraba intranquilo y dejaba ver que algo lo estaba trabajando. Entonces, perdía el sueño durante varias noches. Cuando por fin la idea maduraba, buscaba su protagonista: generalmente alguien a quien conocía poco, y por lo tanto podía modelar a su antojo para el cuento. Una vez visualizado su personaje, dormía dos días seguidos. Al despertar, fijaba su base de operaciones y escribía el cuento de un tirón. Se apoderaba de su víctima, y la transformaba en santo, mercenario, prostituta, asesino o lo que le conviniera a los efectos del relato. Pero después, cuando ocasionalmente se cruzaba con ella o él, ya no podía considerarlos sino con relación a la vida que les había inventado y que, por supuesto, el pobre cristo o la bendita musa desconocían.
Aquella vez, -la última- se le dio por la estrafalaria vieja de sombrero con flores y pájaros que, sentada en el umbral de nuestro café taller, leía las líneas de las manos a los parroquianos que simulaban no creerle. Los domingos solía vérsela recorrer la Feria Artesanal de Mataderos, preguntándole a los visitantes:
- ¿Te digo tu destino, mademoiselle? ¿Tu destino, monsieur?
Era un personaje extrañísimo esta vieja, con sus harapos provenientes de tenues y descoloridas sedas y gasas, con sandalias adornadas con flores secas cubriendo unos pies hermosos apenas arrugados, con un acento en su decir que parecía ser francés y su abanico de varillas perfumadas.
Por todas esas razones o por alguna en especial, Fulvio la había elegido como protagonista de uno de sus trabajos.
Como, además, era admirador obsesivo de Borges, también se la tomó con los espejos.
-Se hace llamar Farisa -nos dijo- pero su nombre verdadero es Maleca, y estos dos nombres encubren un tercero que yo descubrí. Y se va por esos espejos.
Se refería a las espejadas puertas vaivén, una de cuyas hojas es la entrada al baño de damas; y la otra, unida a la primera por medio de bisagras, es usada por los mozos para pasar detrás del mostrador. Cuando una mujer entra en el baño, o uno de los mozos pasa detrás del mostrador, la puerta sacudida transfiere la onda expansiva a la otra y, juntas, aletean unos segundos, recibiendo y tragando imágenes rápidas. Días atrás se había quedado absorto mirando esas puertas.
-Se tragan a la gente- había dicho. Después agregó:
-La ilusión es perfecta.
Hasta ahí, todo iba bien. Hablaba de una ilusión. Pero después empezó con Farisa.
-Juro que salió del espejo.
Alma lo miró sonriente, pero de la nariz para abajo. De la nariz para arriba, Alma estaba preocupada porque en el grupo se decía que Fulvio estaba loco de atar. Sabíamos que ellos se veían, tal vez él la quería a su manera, pero ella estaba loca por él.
Normando le dio al asunto un giro poético.
-Es cierto. La vieja parece salida de un espejo, o de un libro.
-¡Salió del espejo! - dijo Fulvio repentinamente rencoroso - Y se mete en el espejo y desaparece!
-¿Es tu nuevo cuento?- preguntó Normando sin molestarse por el mal tono, tratando de parecer natural pero escrutando su gesto, su mirada. Todos estábamos atentos a la respuesta que se demoró un poco. Fulvio permaneció un momento grave y en silencio. Después, desinflándose en la silla, aflojando los músculos y con gesto cansado, contestó:
-Si. Estoy escribiendo sobre eso.
Era mentira. Todos lo sabíamos. Cuando Fulvio escribía algo, desaparecía del café por días y hasta por semanas, hasta terminar el trabajo. Después lo traía y lo leía triunfante. Sabíamos que aún no había escrito sobre el asunto. Sabíamos también que en cualquier momento desaparecería para volver con el cuento terminado, y así fue como ocurrió. Estuvo ausente tres semanas. Finalmente una noche, nos asombró que el mozo nos contara que había estado toda la mañana, sentado frente a un café que no bebió, llenando el cenicero de puchos.
-Anda sin plata-sugirió Alma-sinó se hubiera chupado todo.
Después agregó:
-Me cansé de golpearle la puerta. Sé perfectamente que estaba ahí.
Decidido a cambiar el clima, pregunté si alguien había llevado algo escrito para leer. Uno tras otro fuimos leyendo nuestras insignificancias y elogiando las ajenas, haciendo sólo alguna tímida crítica de tanto en tanto. La vieja, cansada de esperar clientela en la vereda en vano, entró a buscarla dentro del salón del bar, tratando de forzar a los pocos clientes, sin éxito. Por último, la arremetió conmigo. Me clavaba el abanico en el brazo y martillaba: -¿Te digo tu destino, monsieur? Le di unas monedas y le dije que ya conocía mi destino. Ella, al parecer ofendida, se fue gritando en su idioma ambiguo en dirección al baño. Fulvio había aparecido en ese momento y pudo escucharla decir una frase en eso que parecía francés.
El se sentó entre nosotros con una alegría en los ojos que contrastaba con la barba crecida y su palidez crónica.
-¡Al fin lo dijo! ¡Al fin lo confesó! ¡Lo confesó públicamente! ¡Estuvo evadiéndome toda la mañana! ¿Lo ven? ¡No estoy loco! ¡Ella misma acaba de confesarlo! ¡Ustedes la escucharon, mezcla francés con dari!
Quisimos saber qué cosa era esa que había confesado Farisa.
-¿De qué se trata? ¿Qué dijo? - preguntamos.
-No me vio entrar, por eso habló. Habló de nosotros y de Quesa Jawani, nos llamó mierda, que nos creemos escritores, y que por unas monedas, en Quesa Jawani, los contadores de historias que son unos miserables sin ropa, pueden improvisar cuentos maravillosos sin sentirse escritores. ¡Eso dijo!
Me pareció que Fulvio exageró mucho el parlamento de la vieja que apenas había dicho dos o tres palabras, pero no hice comentario alguno.
Farisa se había metido en el baño. La puerta quedó bailando. Fue la última vez que vimos a la pobre vieja. Le pedimos a Fulvio más información sobre la presunta confesión de Farisa, y nos dijo que la encontraríamos en unas hojas que puso sobre la mesa.
-Aquí la van a encontrar- dijo - ¡Y allá también! Vayan al baño y verán que de Farisa, ni las pulgas.
Argumentando estar cansado, cruzó los brazos sobre la mesa, apoyó en ellos la cabeza y pareció dormirse en el acto. Creo que fui el único que quiso ver con sus propios ojos el baño de damas. Las únicas mujeres que había en el bar eran las que estaban con nosotros, así que no lo pensé dos veces. Me precipité hacia allí, y me sorprendió la pequeñez del recinto, con lugar apenas para una persona, un lavabo y un espejo. La puerta del “íntimo” estaba entreabierta. La abrí de golpe hasta el fondo. En ese momento alguien me tomó de los hombros. Era Alma. Todavía temblando por la emoción y el susto, me di vuelta.
-¡Por favor! -me rogó- ¡No lo contradigas!
-No pensaba hacerlo - le contesté
Mas tranquila, sugirió:
-Te puede ver el mozo. Salgamos de aquí.
Cuando llegué a la mesa, los demás hablaban en voz baja acerca de Fulvio; lo hacían mediante señas y medias palabras. Pidieron que no lo despertáramos, pero en ese momento él levantó la cabeza y con los ojos casi cerrados me preguntó:
-¿Es cierto lo que dije antes? Dije que no estaba en el baño. ¿Es cierto lo que dije?
-Claro que es cierto- respondí.
Antes de volver a apoyar la cabeza sobre los brazos, con la mirada enrojecida de sueño, me pidió:
-Leelo, por favor, quisiera escucharlo- Y cerró los ojos.
Ordené las hojas numeradas y comencé su lectura en voz alta.
Fulvio nos había traído desde Afganistán un ir y venir de silenciosas mujeres veladas, de ojos oscuros; sabios enigmáticos durmiendo en calles tumultuosas; enjambres de mercaderes que entre peines, espejos, brújulas, frutas exóticas y telas, vendían futuras esposas por doscientos mil afganos, esmeraldas, drogas, armas y secretos de estado. Farisa, cuyo nombre verdadero era Maleca, se veía joven y hermosa, pero utilizaba ambos nombres, uno falso y otro verdadero, para ocultar un tercer nombre: Maryam, falso a su vez, porque detrás de él, ella era una guerrillera, líder de un grupo de mujeres que se nucleaban para organizar y adoctrinar a las afganas acerca de sus derechos. Maryam, bajo ese nombre, ocultaba su verdadera identidad. Farisa, (Maleca, Maryam) sentada en el suelo, revisaba la planta de los pies de los clientes y leía sus líneas, siempre sonriente. Obtenía, por medio de hábiles preguntas, informes políticos. Los pies hablaban menos que las bocas estimuladas por su sonrisa irresistible. Todo el movimiento del cuento de Fulvio, se desarrollaba en una calle de Afganistán, cerca de Kabul: Quesa Jawani, llamada “La calle de los que relatan historias”, porque allí, un interminable ejército de menesterosos, se dedicaban al contrabando de noticias, que relataban en forma de maravillosos cuentos, a quien estuviera dispuesto a pagar por oírlos. Quesa Jawani, era el pasado. A él se entraba por el espejo de la puerta del baño de nuestro bar, pero no en cualquier momento. La vieja Farisa, de doscientos años, que conocía ese momento secreto, era del otro lado la joven guerrillera Maryam. Fulvio lo sabía porque había traspuesto la boca del espejo yendo detrás de Farisa, y entrado con ella a ese pasado, a través de un túnel totalmente espejado que se esfumaba en un punto de la calle de los narradores de historias. La había seguido a todas partes en todo momento y luego había regresado. La había visto transformarse a medida que avanzaba por el túnel, fue testigo de cómo su piel se recuperaba y embellecía, de cómo su paso lento se iba aligerando, de cómo desaparecían los pelos de estopa, surgía la cascada de cabellos renegridos, y flotaban airosos los velos que la cubrían cuando corría ella como volando, repetida su imagen en las paredes, en el techo, en los pisos de azogue, convertida en gacela, en cisne, en pájaro. Tan exaltado estaba en observar la transmutación que se iba operando frente a sus ojos, que no advertía lo que ocurría consigo mismo. Cuando pudo verse, era un alargado e hirsuto jovencito que, en el momento de pegar el último salto tras Farisa, ¿Maleca? ¿Maryam? y salir del túnel en forma atropellada para no perderla de vista, era ya un mocoso de apenas doce años en su aspecto, imberbe y delicado como una niña.
El narrador reflexionaba: “¿Quien puede ser tan frío, tan indiferente como para permanecer en su tiempo y en su lugar, si el azar le mostrara un día la puerta por donde se entra a Quesa Jawani, la calle de los narradores de historias, aunque sepa que trasponerla puede costarle la vida? ¿Quién dejaría de seguir a la misteriosa vieja del espejo, que entra en él y desaparece? No sé si otro, pero no yo. Finalmente, quién sería capaz de conformarse con la más hermosa mujer, habiendo conocido a Maryam.”
Alma escuchaba o parecía escuchar la lectura mientras le corrían lágrimas por las mejillas, tal vez celosa del personaje creado por Fulvio.
-No es muy convincente - interrumpió Normando - ¿Para qué viene Farisa por esa puerta? Allá tiene una vida preciosa y es joven. Aquí es vieja y miserable.
Opiné que la respuesta estaba en la última frase leída por mí. ¡Tampoco ella dejaría de recorrer el túnel hasta el final!.
La entrada al mismo le fue dado conocerla en momentos en que ella buscaba un depósito de armas, oculto por las fuerzas enemigas. Con sus ligeros pies adornados con flores, y envuelta en velos sutiles, entró por el espejo envolvente. Primero pensó en el depósito de armas que buscaba, después en una base enemiga en su propio territorio. Finalmente sintió que de nada de eso se trataba y que estaba muy lejos de su patria. A medida que avanzaba se fue llenando de una sabiduría lejana y desconocida. Sospechó mujeres de cabellos y ojos negros como los de ella, peinadas con largas trenzas que les caían sobre los hombros, vestidas con polleras amplias. Las imaginó lavando ropa al borde de un arroyo. Vislumbró verdes e interminables llanuras cruzadas por hilos de agua. Intuyó hombres bravos calzados con botas con espuelas, vestidos con pantalones anchos sujetos con cintos en los que refulgían monedas de plata, y los vio bailar sacudiendo las espuelas al conjuro de una música que le pareció el galope de un caballo. Escuchó la furia de peleas cuerpo a cuerpo, vio ponchos, facones y boleadoras conmoviendo vertiginosa danza de muerte; olió el sudor y la sangre. La distrajo después la melodía dulzona y cadenciosa de un tango junto a un farol porteño y vio un obelisco, tranvías, luces nocturnas, mujeres con el cabello muy corto que mostraban las piernas casi hasta las rodillas, y se admiraba de que pudieran hacerlo sin que los hombres se escandalizaran. Mucho más adelante descubrió que estaba cansada. Miró sus manos y vio que tenían más de cien años de arrugas. Los velos de su túnica se veían pálidos y raídos pero en ningún momento pensó en regresar. Presenció luchas y faenas. Registró que los hombres y las mujeres del comienzo, habían cambiado de ropas y actitudes. La inquietó el doliente bramido de cientos de animales cautivos. Su pensamiento engendró imágenes de manos aferrando cuchillos de fiera punta, que cortaban moles de animales muertos que yacían colgados; conoció el olor estimulante del asado con cuero y sintió hambre. Adivinó un callejón por donde los animales vivos llegaban al matadero en largas filas mugientes: era la Avenida de los Corrales. Había llegado hasta la esquina de nuestro bar. Escuchó nuestras voces. La pinchó el recuerdo del lejano enjambre de Quesa Jawani, donde aprendió a hablar en francés para seducir a los turistas y diplomáticos. Tuvo la certidumbre de que aquello que oía cada vez con mayor nitidez, no era el francés ni las viejas y conocidas formas ásperas y calientes de su lengua natal, sino un movimiento musical distinto, acompasado, cantado. Eran palabras cadenciosas, hilvanadas en un sueño, recuerdos inventados, historias de inconfiable factura. Entonces nos vio a través del espejo leyendo nuestros cuentos. Creyó que se trataba de una versión de Quesa Jawani en otro lugar y en otro tiempo. Entró en el bar, se disfrazó de quiromántica, y nos escuchó durante semanas y semanas para develar nuestros misterios. Descubrió el decadente ángel que habitaba en cada uno de nosotros volcado en nuestras pobres narraciones y decidió regresar a su patria para no volver aquí jamás. Debía esperar el momento propicio para hacerlo a través del espejo del bar, que era la otra punta del túnel. Mientras esperaba, escuchó a Fulvio que hablaba de un viejo poeta. Lo oyó leer páginas inmortales de aquél hombre a quien supo ciego, y lo imaginó acompañado por una joven oriental. La brava piel de Farisa, abatida y recuperada en cada viaje a través del túnel, comenzó a soñar y a estremecerse en una nueva búsqueda. Su vanidad de mujer indómita, le encendió un nuevo sueño: encontrar a ese poeta y pedirle que la inmortalizara cantando su epopeya. Esperó a Fulvio a la salida del café. Lo siguió hasta su casa, y una vez allí le habló de su sueño. Fulvio miró a la vieja Farisa. Pensó en Maryam y en su historia. La hizo entrar en la casa y allí, el eterno poeta inédito, el escritor de los papeles borroneados acumulados en cajones y rincones, conoció de pronto una pasión incontrolable: quería esa historia para él. Emborrachó a la vieja Farisa con licores. Después, sus dedos falaces recorrieron los estantes hasta dar con un grueso tomo verde que parecía una caja de zapatos. Le dijo :
- Soy el hombre que estás buscando.
Durante tres semanas la tuvo en su casa y le leyó cuentos y poemas de Borges noche a noche. Le contó cosas acerca de una fatídica moneda, la deslumbró con la lectura de una historia acerca de una casa que contenía un punto en el que confluían todos los puntos del mundo. Le leyó un cuento en el que un grupo de intelectuales inventaba un planeta. Cantó poemas del libro verde noche a noche. Hora tras hora Farisa imaginó espejos en galerías inquietantes, jardines con senderos que se bifurcaban, laberintos y ruinas circulares. Hora tras hora, Farisa, (Maleca, Maryam) se fue enamorando del hombre que afiebrado leía hasta el agotamiento. Hora tras hora, Fulvio medía las reacciones de la vieja. Una noche se animó y sacó de un cajón sus propios papeles arrugados. Se los leyó. Contaba en ellos débiles resplandores de un espíritu fatigado por el alcohol; ingenuos argumentos de equívocas brumas; pobres, lamentables vulgaridades. Engañado por su propia fatuidad, siguió y siguió leyendo. No advirtió la palidez del rostro de Farisa, no vio el temblor de sus manos. No pudo, no podía imaginar el contradictorio sentimiento que agitó a Farisa, cuando la vio levantarse y adelantarse hacia la salida. A ella le sería difícil borrar el amor crecido noche a noche, en horas de mentiras sin tregua, pero estaba claro que había sido estafada, traicionada. Cualquier mujer en Afganistán, soportaría con resignación el hecho. Pero no Farisa, no Maleca, no Maryam.
Creí que con ésto cerraba Fulvio su relato. Me parecía un mal cuento con un hermoso tema que quedaba abierto.
-Hay cosas descolgadas- dije - ¿Por qué siguió ella viniendo? ¿Por qué sigue frecuentando este oscuro café de Buenos Aires, en este segregado barrio de Mataderos? ¿Acaso busca venganza? Hay cabos sueltos y es una pena.
Fulvio levantó apenas la cabeza. Pareció recordar algo. Luego buscó en los bolsillos de su pantalón y de uno extrajo un pedazo de papel roto, más desgarrado que escrito. En él podía apenas leerse el siguiente texto:
“Un día, Farisa supo que en Quesa Jawani, Maryam había sido seguida, y que Maleca había sido revelada a un extranjero de otra época que, como ella, conoció la puerta misteriosa del túnel. Era un hombre de mirada melancólica, enfermo de tristeza, que tenía doscientos años dentro de su alma. Un extranjero que era poeta y escribía malos cuentos. Un romántico que, al deslizarse agazapado tras ella, olvidaba la sombra que encadenaba sus pies al paso del tiempo. Los suspiros antiguos que mortificaron su carne, fueron resignados por la música que le iba llegando desde Quesa Jawani. El hombre, dentro del túnel, llegó a ser un joven, después un adolescente, y por último un niño de alrededor de doce años, con los recuerdos y la ciencia de un viejo. El niño perseguiría días y noches enteras a la áurea Maryam por callejones y huecos, alimentándose con frutas hurtadas y durmiendo apenas, enamorándose de la sinvergüenza que durante el día leía las líneas de los pies a los descuidados y aturdidos turistas, y urdía por las noches inverosímiles emboscadas, sórdidas intrigas y revoluciones de apagados pasos. Ella descubrió a Fulvio en el niño persecutor. Su trabajo de guerrillera se veía amenazado al igual que su vida y la de todas las mujeres de su grupo. El extranjero debía morir. Se hizo amiga del niño, pero su mente de mujer no se resignaba al sacrificio del inocente. Debía matarlo después de recorrer el túnel, en el sitio en que había sido engañada, en el lugar y el tiempo en que Maleca, Maryam, eran Farisa, una vieja abominable, sin duda despreciada por el hombre a quien amaba. No debía, no podía serlo allí, en Quesa Jawani, donde la intolerable armonía de la voz del niño, le cantaba amores de impostergable sed; en el lugar en que su lucha contra las injusticias era necesaria, y el camino recorrido era sólo el principio.
Habían tenido ella y el niño, largas conversaciones en las que él preguntaba y ella respondía. Le contaba Maryam a Fulvio niño que las mujeres de su tierra estaban muy lejos de vivir con la libertad conque lo hacen las mujeres de otros países. Ellas eran vendidas como esposas apenas dejaban la infancia, ellas eran privadas de todos sus derechos. Tal vez olvidaba Maryam que hablaba con un hombre, un viejo de doscientos años en su alma, que ya sabía todo eso. Y porque lo sabía, el niño viejo padecía como hombre al sólo imaginar la violación de los espacios sagrados de la niña mutilada antes de ser mujer. El niño viejo retorcía sus manos porque aún faltaba formular la pregunta final que quizá no sería respondida: ¿También te vendieron? ¿También te vejaron y te...te mutilaron?
Se alteraron de pronto las maneras apacibles y calmas de Maryam, el movimiento aletargado de sus manos mientras hablaba con el niño enamorado desapareció, y sus dedos se estremecieron como las alas de una paloma que acaba de recibir el disparo de un arma de fuego. Se incorporó y cuando habló, su voz se hizo desconocida, furiosa y ronca:
- ¡Si una mujer, una sola en el mundo! ¡Cualquier mujer no importa cual!, fuera objeto de lo que acabas de decir, Maryam sangraría en su propia carne, y esa única mujer, aún si fuera sólo una, justificaría ¡ésto!
Diciendo así, de entre sus velos extrajo un pequeño puñal, se agitó su cuerpo como en una danza de ira, giró y se plantó varias veces en círculo y el filo del arma punzante silbando su música letal cortó el aire en cuanto lugar había a su alrededor como si allí se encontrara el hombre que había cometido el delito. Fulvio niño retrocedió asustado. Ella le gritó por fin: ¡Y ahora, fuera! Pero él: -Déjame ayudarte-, suplicó. ¡Jamás! contestó Maryam: ¡Las mujeres afganas haremos nuestro trabajo sin ayuda de los extranjeros! ¡Nadie tiene derecho a inmiscuirse en lo nuestro! ¡Fuera de aquí! ¡A tu casa! ¡Al túnel! ¡Ahora mismo! Aquí los niños aprendieron a ser crueles con sus mujeres, los convertiremos en nuestros compañeros porque, definitivamente, son hombres sanos. También las mujeres debemos cambiar, pero será sin tu ayuda, te lo aseguro! Fuera dije! ¡Ahora! ¡Ya! -
Y Fulvio tuvo que obedecer de inmediato.
Pero algo había quedado sin hacer.
Poco después ella volvió a Mataderos a terminar su trabajo. Llamó a la puerta de Fulvio. El poeta frustrado ahogaba en alcohol la doble derrota, encerrado, escondiendo su vergüenza de escritor ignorado, y tratando de olvidar a la bella Maryam. Hizo pasar a Farisa y volvieron a conversar. El le hizo una propuesta temeraria: encontrarse a mitad de camino en el túnel. Ella no sería una anciana, ni él un niño. Recordó a esa mujer intermedia: una bella desconocida, vulnerable tal vez a su especulación literaria, lejos de la aguda Farisa y de Quesa Jawani. Se imaginó junto a ella, lejos él de sus apetitos especulativos, pero tan joven como para seducir a esa cuarta y misteriosa mujer. Tal vez los amores fueran allí posibles. Acaso también lo fuera el libro. De inmediato brillaron los ojos de Farisa. A mitad del túnel, Fulvio sería un desconocido. No sería un niño, no sería el hombre que amaba: fácil de matar, por lo tanto. Demasiado obvia la mirada de Farisa: Fulvio sospechó sus intenciones. Demasiado obvia la mirada de Fulvio: ella comprendió que él había penetrado su pensamiento.
Farisa se sintió acorralada. El trabajo de Maryam debía ser secreto, y Fulvio era un testigo que podía identificarla. Decidió entonces ejecutarlo de inmediato. ¿Cómo? No sería con armas convencionales, sino con la enfermedad del sueño interminable respondiendo a la propuesta del hombre con palabras sinceras en las cuales ella sabía que estaría implícita el arma de muerte:
-Encontrarnos a mitad de camino, ¿eh? Maleca sin duda quiere. Farisa teme que también. Pero quien da las órdenes, es Maryam, y ella no puede permitirlo. Y de las tres, es quien tiene más sabiduría. Quedaríamos suspendidos en el tiempo. La lucha de Maryam habría sido vana, y las mujeres de mi tierra la necesitan. Por otra parte -agregó- en mi país Maryam no puede amar a un niño, y en el tuyo no puedes amar a una anciana. Hay algo más: -la mirada de Farisa se puso terrible- jamás te daremos la historia. No nos complace tu manera de escribir. Eres un mediocre y un fraude. Has querido hacerme creer que eras otro. ¿Has visto? Yo también te he descubierto. Esto fue una locura. Una utopía. Olvídalo”.
Así terminaba el cuento. Entonces advertimos que Fulvio no dormía. O dormía para siempre, que era lo mismo. Fue todo muy rápido. Las corridas en el bar, lo tarde que llegaron los auxilios.
Finalmente, recogí las hojas de aquel cuento, ya que nadie parecía interesarse en ellas.
Quise creer que el eterno melancólico, el cazador de historias que terminaba cazado por ellas, había logrado por fin alterar los límites de una simple ficción. Necesité creer en algo más que en los meros desvaríos de un alquimista de sueños. Cuando nos marchábamos, decididos a no volver por mucho tiempo a ese lugar donde quedaban recuerdos tan tristes, miré por última vez el espejo. Alguien había escrito con rouge en su superficie, estas palabras que tenían el sentido de una despedida definitiva, y que yo anotaría de inmediato en mi agenda para investigar oportunamente: ¡Adiós! Au revoir! Rodafez!
ROMANCE DEL HOMBRE SOLO
Había un tema en especial del que nunca nos animábamos con Roque a mostrarnos demasiado curiosos, porque sabemos que las personas inteligentes y cultas como Barrios tienen derecho a escribir como se les antoje.
Por supuesto nunca le comentamos cómo nos reímos al leer aquello de “la soledad muerde”, porque nos acordamos de Sole y nos imaginamos a mi prima mordiendo a don Barrios.
No obstante una vez me decidí a cuestionarle que sus poesías son herméticas, y quise saber por qué decía tal o cual cosa en ellas.
-Un poco disparatadas – se atrevió a decirle mi marido que no advirtió mi mirada. Siempre recomiendo a Roque sobre la manera en que debe dirigirse a Barrios, cuidando el tono y las palabras, porque el afecto que le tenemos no nos da derecho a ser confianzudos con él. Tenemos mucha suerte porque Barrios jamás se ofende por nada que le digamos, tanto es así que nos dio la siguiente explicación:
-No puedo describirles qué es un caduceo tambaleante y viejo ni un prólogo de manos sin hambre.
Ustedes tendrán que ver, querida María, querido Roque, de qué manera vibran en su corazón estas imágenes. Y no son herméticas mis poesias. Y no son un disparate. Un diario abierto con el mundo encima, es exactamente eso. Piensen, mediten y verán que es así. Eso no es hermetismo, porque ahí está todo dicho.
Es como la música, la pintura.
No obstante, por poner un ejemplo… alguna gente espera encontrar en un cuadro, en una pintura digamos … surrealista una respuesta concreta, y esa respuesta está ahí, en esos trazos, en esos colores, en esas imágenes y símbolos, porque ahí todo está dicho en forma de abanico, un abanico infinito, de tantas respuestas como preguntas haya, algo parecido al caos determinista del “efecto mariposa”. Sólo que para captar ese efecto que produce la obra de arte, el observador debe colocarse en un plano diferente al de alguien que está parado en una esquina esperando el autobús, o consultando el menú en un restaurante.
Si alguien espera encontrar en una pintura abstracta, una única y concreta respuesta, es mejor que se coma su churrasco o que vaya a la esquina a esperar el autobús y deje el cuadro para que lo vea aquél que vibre y se deje conducir por donde su sensibilidad lo guíe, abandonándose, entregándose, sin buscar explicaciones, porque el arte, el arte – recalcó – es el hijo más amado del Amor, y el Amor es el Todo, que, como dicen los maestros seguidores del sendero de Hermes Trismegisto, es incognoscible. Hay pinturas que están cargadas de mensajes. ¡Ah! ¡los cuadros de Chirico! ¿Saben qué decía Chirico?
Nos miramos con Roque, avergonzados de nuestra ignorancia.
-No recuerdo a que cuadro pertenece Chirico, don Barrios, - contestó Roque – Apenas identifico a los de Boca, que es mi cuadro favorito, pero de Boca Chirico no es, con seguridad.
Barrios pareció no escuchar el comentario de mi marido y siguió con su explicación que nos iba resultando cada vez más confusa.
-¡Ah Chirico! Fundador de la pittura metafísica. Decía que una obra de arte tiene que contar algo que no aparece en su forma visible. Alucinante su atmósfera que, sin duda, obedecía a la profunda influencia que recibía de Nietzsche y Shopenhauer. ¿Qué quería decirnos con ese par de guantes de goma colorada junto al busto de mármol de una diosa? Aquí mismo tendríamos tres respuestas diferentes, una por cada uno de nosotros.
En esto se equivocaba nuestro amigo, porque por más que vibráramos y nos dejáramos guiar por nuestra sensibilidad, hubiera tenido una sola respuesta: la suya. Felizmente continuó con su discurso sin pedirnos nuestra opinión al respecto:
-El Arte no tiene una respuesta concreta, porque lo abarca todo, y el Todo no tiene sólo una respuesta sino infinitas respuestas. Uno puede preguntarse y responderse y no acabaría nunca de hacerlo – fue elevando la voz paulatinamente – Por eso las preguntas sobran cuando se trata de Arte.
Y ahora sí el discurso de Barrios se hizo imponente:
- A nadie se le ocurriría preguntarle a Mozart por qué le puso a su Réquiem tal música, pues.
Y a continuación del “pues” dicho en tono cortante y seco, Barrios vibró y se dejó conducir por donde su sensibilidad lo guiaba, abandonándose, entregándose, y mientras disimulaba una lágrima con su pañuelo, nos miró con sus ojos enormes cargados de tristeza, para terminar de aclararnos eso de que su poesía no es hermética, al agregar:
- Y es cierto que la soledad muerde.
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CRISIS DE IDENTIDAD
Conferencia de Prensa)
Los he reunido aquí para decirles que felizmente ya sé quien y qué soy.
Me llaman Iride, nombre que según dice mi madre tiene que ver con los colores del arco iris; según mi abuela con ciertas plantas llamadas irídeas como el lirio y el azafrán, y sostiene que hay una que se llama exactamente así, Iride, una especie de lirio que tiene flores azules y huele a hortensias y también como los frutos del bosque; según un tío mío que es poeta, el nombre viene del iridium, una piedra muy dura y sostiene que es la materia de que están hechas las estrellas. Como pueden ver, nada tiene que ver con nada y no sé quién tiene razón al respecto.
En cuanto a lo que soy, ya lo están viendo: soy un pavo real hembra. No sé si esto es una fortuna o una fatalidad, ya que siempre la búsqueda de identidad parece ser importante.
De chica escuché decir en rueda de familia que yo era mono. Durante años crecí convencida de que lo era: un mono de agua, según dijeron. ¡No saben las veces que mis hermanos mayores me tuvieron que ir a buscar a la jaula de los monos! yo no quería salirme y me sentía entre el cielo y el infierno porque estaba muy contenta de ser mono. Los veía distintos a mi familia, y suponía que yo debía ser como ellos, y no como mis hermanos. ¿Pueden entender lo de mi crisis de identidad? Y no porque considerara a los monos inferiores a mi familia. Al contrario. ¿Saben que son los bichos más inteligentes del zoológico? Simpáticos, gauchos, entradores, sobre todo entradores. Por eso tuve algunos problemitas pero sin importancia.
Debido a mis escapadas a la jaula de los monos, en mi familia se dieron cuenta de mi error y me aclararon las cosas: yo era un pavo, pero no cualquier pavo, era un pavo real. Y ahí tuve que aguantar las explicaciones de mi tío el poeta, que trató de que yo entendiera la importancia de mi rango. Afirmaba que mi cola -según no se quién-, era símbolo de la unión de todos los colores y de la totalidad y que en el arte cristiano los pavos reales simbolizan la inmortalidad y el alma incorruptible; que en el horario místico nosotros representamos al crepúsculo y que para los hindúes simbolizamos el cielo estrellado. Con su santa paciencia tío me explicó que lo de mono de agua, tenía que ver con el horóscopo chino por mi fecha de nacimiento, y que yo era mono de agua, y que él, por ejemplo, era caballo de madera y mi mamá era tigre de fuego o algo así. Todo eso me llenó de confusiones. Yo no era ese monito simpático que se desplumaba tratando infructuosamente de colgarse de rama en rama como veía hacer a los otros, sino un ave que pertenece al orden de los gallináceos. ¿Ustedes saben cómo funciona eso de la autoestima baja? ¡En lugar de ser el eslabón perdido yo era un gallináceo!
Todos los animales del zoológico, menos los delfines, creen que los humanos son los exponentes más elevados del reino animal. Al respecto también me aleccionó mi tío. Los humanos, afirma despectivamente, son vanidosos y tontos por naturaleza.
Suele decirse que cuando un humano es engreído y agrandado, es un pavo real, porque se asocia la vanidad con nosotros. ¡Pero por favor! ¡Si un hombre vanidoso es un globo hinchado que si lo pinchás puf, desaparece! ¡Una mujer vanidosa es una estúpida que cree ser lo que no es! ¡Pero ninguno de ellos es UN PAVO REAL. Mi tío se indigna con todo esto, y ahora que voy comprobando cuánta razón tiene, yo también me indigno bastante.
De modo que somos un símbolo de realeza, y eso no lo inventamos nosotros los pavos reales sino lo humanos, que siempre tienen que complicar las cosas, y que a todo le ponen trompetas, como si fuera más importante ser pavo real que rinoceronte.
Algunos dicen que lo de real viene por esto que tengo aquí en la cabeza, que se asemeja a una coronita. Parece que este plumerito que tengo aquí, es equivalente a la cresta de la gallina y es equivalente a los pelos que tiene cualquier humano que no es calvo. Son antenitas por donde nos entra la energía del cosmos. Todo bicho que camina, repta, vuela o nada tiene sus antenitas: yo tengo éstas.
Con respecto a no saber cómo soy, es lógico, tengo una cabeza muy chica y no puedo ver mi cola, por ejemplo. Todo el mundo quiere ver mi cola. Debe ser muy hermosa porque todos sin excepción, cuando la despliego hacen ¡oohhh!!!
Y ahora sé que no es importante que yo sepa cómo soy físicamente, sino que, lo que realmente cuenta es saber quién y qué soy, para tener mi propia identidad.
Por eso los he reunido. Quiero declarar ante todo el mundo que soy muy feliz. Ahora sé que soy un pavo real hembra, mono de agua, gallináceo, y soy la inmortalidad y el alma incorruptible, y el crepúsculo y el cielo estrellado, y soy un ave, y soy la totalidad, y soy íride porque tengo todos los colores, y soy el arte cristiano, y soy un lirio que vendría a ser una flor azul, y soy una piedra muy dura salida de una estrella, y un símbolo de la realeza, pero también - y esto es lo más importante - sé lo que no soy: lamentablemente no soy un mono de agua ni de otra clase, y felizmente sé que de todos los animales, no soy el más vanidoso, el más arrogante y el más parlanchín: el ser humano. He dicho.
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"Quesa Jawani, la calle de los narradores de historias", es un cuento que me fue inspirado hace más de veinte años por una nota que leí en la contratapa de Página 12, firmada por Adriana Schettini titulada "Perfume de mujer". La protagonista de mi cuento, Farisa, es alguien fuerte, en ese país de mujeres sometidas, vendidas en el mercado, a quienes se le extirpa el clítoris antes de los quince años para evitar su seducción. Primero quiero copiar fragmentos de la nota de Adriana Schettini, y luego el cuento, que por razones mágicas se enlaza con la Feria Artesanal de Mataderos (mi barrio), con Borges, y con la mujer heroica, valiente, capaz de salir al encuentro de las injusticias y luchar contra ellas.
Fragmentos de "Perfume de mujer" de Adriana Schettini en Página 12-1988
« Los doscientos kilómetros que separan Kabul de la ciudad paquistaní de Peshawar encerraron durante siglos un reposo codiciado para los viajeros: Quesa Jawani, la calle de los narradores de historias. Allí, las casas de té -que aún existen- invitaban a una pausa y los narradores profesionales vendían la actualidad en forma de cuento. Ya no quedan cuentistas en la zona. Sin embargo, la realidad se sigue susurrando.
…...........
En Peshawar los periodistas -a la manera de los antiguos narradores- buscan historias y a veces sólo obtienen leyendas. Así la escritora británica Doris Lessing pasó semanas completas entrevistando gente, ansiosa por obtener datos de un mítico grupo guerrillero integrado exclusivamente por mujeres y liderado por una joven llamada Maryam.
…............
Soofi Akbar, un jefe de aldea, explica que las jóvenes deben permanecer encerradas en sus casas para evitar la seducción antes de los 14 años, momento en el que ingresan al mercado. Antes se las vendía por 200 mil afganos … Desde el comienzo de la guerra la cotización de las mujeres subió como la de todo otro producto. Hoy se paga un mínimo de 300 mil afganos por una futura esposa.
…...........»
(Adriana Schettini - Página 12 - Domingo 22 de Mayo de 1988)
Y AHORA EL CUENTO:
QUESA JAWANI, LA CALLE DE LOS NARRADORES DE HISTORIAS
Dedicado a Adriana Schettini
Que haya sueños es raro,que haya espejos, Que el usual y gastado repertorio
de cada día incluya el ilusorio orbe profundo que urden los reflejos.
("LOS ESPEJOS" - J.L.Borges)
Refiriéndonos a Fulvio, decíamos que era un cazador de historias, que terminaba cazado por ellas. Después del esfuerzo intelectual, que siempre era angustioso, quedaba deprimido. Eso me preocupaba.. El me miraba con sus ojos plegados y me decía:
-Olvidate, loco. ¿Qué podés hacer por un viejo de doscientos años?
Escribir era, para él, inevitable y doloroso. Al principio se mostraba intranquilo y dejaba ver que algo lo estaba trabajando. Entonces, perdía el sueño durante varias noches. Cuando por fin la idea maduraba, buscaba su protagonista: generalmente alguien a quien conocía poco, y por lo tanto podía modelar a su antojo para el cuento. Una vez visualizado su personaje, dormía dos días seguidos. Al despertar, fijaba su base de operaciones y escribía el cuento de un tirón. Se apoderaba de su víctima, y la transformaba en santo, mercenario, prostituta, asesino o lo que le conviniera a los efectos del relato. Pero después, cuando ocasionalmente se cruzaba con ella o él, ya no podía considerarlos sino con relación a la vida que les había inventado y que, por supuesto, el pobre cristo o la bendita musa desconocían.
Aquella vez, -la última- se le dio por la estrafalaria vieja de sombrero con flores y pájaros que, sentada en el umbral de nuestro café taller, leía las líneas de las manos a los parroquianos que simulaban no creerle. Los domingos solía vérsela recorrer la Feria Artesanal de Mataderos, preguntándole a los visitantes:
- ¿Te digo tu destino, mademoiselle? ¿Tu destino, monsieur?
Era un personaje extrañísimo esta vieja, con sus harapos provenientes de tenues y descoloridas sedas y gasas, con sandalias adornadas con flores secas cubriendo unos pies hermosos apenas arrugados, con un acento en su decir que parecía ser francés y su abanico de varillas perfumadas.
Por todas esas razones o por alguna en especial, Fulvio la había elegido como protagonista de uno de sus trabajos.
Como, además, era admirador obsesivo de Borges, también se la tomó con los espejos.
-Se hace llamar Farisa -nos dijo- pero su nombre verdadero es Maleca, y estos dos nombres encubren un tercero que yo descubrí. Y se va por esos espejos.
Se refería a las espejadas puertas vaivén, una de cuyas hojas es la entrada al baño de damas; y la otra, unida a la primera por medio de bisagras, es usada por los mozos para pasar detrás del mostrador. Cuando una mujer entra en el baño, o uno de los mozos pasa detrás del mostrador, la puerta sacudida transfiere la onda expansiva a la otra y, juntas, aletean unos segundos, recibiendo y tragando imágenes rápidas. Días atrás se había quedado absorto mirando esas puertas.
-Se tragan a la gente- había dicho. Después agregó:
-La ilusión es perfecta.
Hasta ahí, todo iba bien. Hablaba de una ilusión. Pero después empezó con Farisa.
-Juro que salió del espejo.
Alma lo miró sonriente, pero de la nariz para abajo. De la nariz para arriba, Alma estaba preocupada porque en el grupo se decía que Fulvio estaba loco de atar. Sabíamos que ellos se veían, tal vez él la quería a su manera, pero ella estaba loca por él.
Normando le dio al asunto un giro poético.
-Es cierto. La vieja parece salida de un espejo, o de un libro.
-¡Salió del espejo! - dijo Fulvio repentinamente rencoroso - Y se mete en el espejo y desaparece!
-¿Es tu nuevo cuento?- preguntó Normando sin molestarse por el mal tono, tratando de parecer natural pero escrutando su gesto, su mirada. Todos estábamos atentos a la respuesta que se demoró un poco. Fulvio permaneció un momento grave y en silencio. Después, desinflándose en la silla, aflojando los músculos y con gesto cansado, contestó:
-Si. Estoy escribiendo sobre eso.
Era mentira. Todos lo sabíamos. Cuando Fulvio escribía algo, desaparecía del café por días y hasta por semanas, hasta terminar el trabajo. Después lo traía y lo leía triunfante. Sabíamos que aún no había escrito sobre el asunto. Sabíamos también que en cualquier momento desaparecería para volver con el cuento terminado, y así fue como ocurrió. Estuvo ausente tres semanas. Finalmente una noche, nos asombró que el mozo nos contara que había estado toda la mañana, sentado frente a un café que no bebió, llenando el cenicero de puchos.
-Anda sin plata-sugirió Alma-sinó se hubiera chupado todo.
Después agregó:
-Me cansé de golpearle la puerta. Sé perfectamente que estaba ahí.
Decidido a cambiar el clima, pregunté si alguien había llevado algo escrito para leer. Uno tras otro fuimos leyendo nuestras insignificancias y elogiando las ajenas, haciendo sólo alguna tímida crítica de tanto en tanto. La vieja, cansada de esperar clientela en la vereda en vano, entró a buscarla dentro del salón del bar, tratando de forzar a los pocos clientes, sin éxito. Por último, la arremetió conmigo. Me clavaba el abanico en el brazo y martillaba: -¿Te digo tu destino, monsieur? Le di unas monedas y le dije que ya conocía mi destino. Ella, al parecer ofendida, se fue gritando en su idioma ambiguo en dirección al baño. Fulvio había aparecido en ese momento y pudo escucharla decir una frase en eso que parecía francés.
El se sentó entre nosotros con una alegría en los ojos que contrastaba con la barba crecida y su palidez crónica.
-¡Al fin lo dijo! ¡Al fin lo confesó! ¡Lo confesó públicamente! ¡Estuvo evadiéndome toda la mañana! ¿Lo ven? ¡No estoy loco! ¡Ella misma acaba de confesarlo! ¡Ustedes la escucharon, mezcla francés con dari!
Quisimos saber qué cosa era esa que había confesado Farisa.
-¿De qué se trata? ¿Qué dijo? - preguntamos.
-No me vio entrar, por eso habló. Habló de nosotros y de Quesa Jawani, nos llamó mierda, que nos creemos escritores, y que por unas monedas, en Quesa Jawani, los contadores de historias que son unos miserables sin ropa, pueden improvisar cuentos maravillosos sin sentirse escritores. ¡Eso dijo!
Me pareció que Fulvio exageró mucho el parlamento de la vieja que apenas había dicho dos o tres palabras, pero no hice comentario alguno.
Farisa se había metido en el baño. La puerta quedó bailando. Fue la última vez que vimos a la pobre vieja. Le pedimos a Fulvio más información sobre la presunta confesión de Farisa, y nos dijo que la encontraríamos en unas hojas que puso sobre la mesa.
-Aquí la van a encontrar- dijo - ¡Y allá también! Vayan al baño y verán que de Farisa, ni las pulgas.
Argumentando estar cansado, cruzó los brazos sobre la mesa, apoyó en ellos la cabeza y pareció dormirse en el acto. Creo que fui el único que quiso ver con sus propios ojos el baño de damas. Las únicas mujeres que había en el bar eran las que estaban con nosotros, así que no lo pensé dos veces. Me precipité hacia allí, y me sorprendió la pequeñez del recinto, con lugar apenas para una persona, un lavabo y un espejo. La puerta del “íntimo” estaba entreabierta. La abrí de golpe hasta el fondo. En ese momento alguien me tomó de los hombros. Era Alma. Todavía temblando por la emoción y el susto, me di vuelta.
-¡Por favor! -me rogó- ¡No lo contradigas!
-No pensaba hacerlo - le contesté
Mas tranquila, sugirió:
-Te puede ver el mozo. Salgamos de aquí.
Cuando llegué a la mesa, los demás hablaban en voz baja acerca de Fulvio; lo hacían mediante señas y medias palabras. Pidieron que no lo despertáramos, pero en ese momento él levantó la cabeza y con los ojos casi cerrados me preguntó:
-¿Es cierto lo que dije antes? Dije que no estaba en el baño. ¿Es cierto lo que dije?
-Claro que es cierto- respondí.
Antes de volver a apoyar la cabeza sobre los brazos, con la mirada enrojecida de sueño, me pidió:
-Leelo, por favor, quisiera escucharlo- Y cerró los ojos.
Ordené las hojas numeradas y comencé su lectura en voz alta.
Fulvio nos había traído desde Afganistán un ir y venir de silenciosas mujeres veladas, de ojos oscuros; sabios enigmáticos durmiendo en calles tumultuosas; enjambres de mercaderes que entre peines, espejos, brújulas, frutas exóticas y telas, vendían futuras esposas por doscientos mil afganos, esmeraldas, drogas, armas y secretos de estado. Farisa, cuyo nombre verdadero era Maleca, se veía joven y hermosa, pero utilizaba ambos nombres, uno falso y otro verdadero, para ocultar un tercer nombre: Maryam, falso a su vez, porque detrás de él, ella era una guerrillera, líder de un grupo de mujeres que se nucleaban para organizar y adoctrinar a las afganas acerca de sus derechos. Maryam, bajo ese nombre, ocultaba su verdadera identidad. Farisa, (Maleca, Maryam) sentada en el suelo, revisaba la planta de los pies de los clientes y leía sus líneas, siempre sonriente. Obtenía, por medio de hábiles preguntas, informes políticos. Los pies hablaban menos que las bocas estimuladas por su sonrisa irresistible. Todo el movimiento del cuento de Fulvio, se desarrollaba en una calle de Afganistán, cerca de Kabul: Quesa Jawani, llamada “La calle de los que relatan historias”, porque allí, un interminable ejército de menesterosos, se dedicaban al contrabando de noticias, que relataban en forma de maravillosos cuentos, a quien estuviera dispuesto a pagar por oírlos. Quesa Jawani, era el pasado. A él se entraba por el espejo de la puerta del baño de nuestro bar, pero no en cualquier momento. La vieja Farisa, de doscientos años, que conocía ese momento secreto, era del otro lado la joven guerrillera Maryam. Fulvio lo sabía porque había traspuesto la boca del espejo yendo detrás de Farisa, y entrado con ella a ese pasado, a través de un túnel totalmente espejado que se esfumaba en un punto de la calle de los narradores de historias. La había seguido a todas partes en todo momento y luego había regresado. La había visto transformarse a medida que avanzaba por el túnel, fue testigo de cómo su piel se recuperaba y embellecía, de cómo su paso lento se iba aligerando, de cómo desaparecían los pelos de estopa, surgía la cascada de cabellos renegridos, y flotaban airosos los velos que la cubrían cuando corría ella como volando, repetida su imagen en las paredes, en el techo, en los pisos de azogue, convertida en gacela, en cisne, en pájaro. Tan exaltado estaba en observar la transmutación que se iba operando frente a sus ojos, que no advertía lo que ocurría consigo mismo. Cuando pudo verse, era un alargado e hirsuto jovencito que, en el momento de pegar el último salto tras Farisa, ¿Maleca? ¿Maryam? y salir del túnel en forma atropellada para no perderla de vista, era ya un mocoso de apenas doce años en su aspecto, imberbe y delicado como una niña.
El narrador reflexionaba: “¿Quien puede ser tan frío, tan indiferente como para permanecer en su tiempo y en su lugar, si el azar le mostrara un día la puerta por donde se entra a Quesa Jawani, la calle de los narradores de historias, aunque sepa que trasponerla puede costarle la vida? ¿Quién dejaría de seguir a la misteriosa vieja del espejo, que entra en él y desaparece? No sé si otro, pero no yo. Finalmente, quién sería capaz de conformarse con la más hermosa mujer, habiendo conocido a Maryam.”
Alma escuchaba o parecía escuchar la lectura mientras le corrían lágrimas por las mejillas, tal vez celosa del personaje creado por Fulvio.
-No es muy convincente - interrumpió Normando - ¿Para qué viene Farisa por esa puerta? Allá tiene una vida preciosa y es joven. Aquí es vieja y miserable.
Opiné que la respuesta estaba en la última frase leída por mí. ¡Tampoco ella dejaría de recorrer el túnel hasta el final!.
La entrada al mismo le fue dado conocerla en momentos en que ella buscaba un depósito de armas, oculto por las fuerzas enemigas. Con sus ligeros pies adornados con flores, y envuelta en velos sutiles, entró por el espejo envolvente. Primero pensó en el depósito de armas que buscaba, después en una base enemiga en su propio territorio. Finalmente sintió que de nada de eso se trataba y que estaba muy lejos de su patria. A medida que avanzaba se fue llenando de una sabiduría lejana y desconocida. Sospechó mujeres de cabellos y ojos negros como los de ella, peinadas con largas trenzas que les caían sobre los hombros, vestidas con polleras amplias. Las imaginó lavando ropa al borde de un arroyo. Vislumbró verdes e interminables llanuras cruzadas por hilos de agua. Intuyó hombres bravos calzados con botas con espuelas, vestidos con pantalones anchos sujetos con cintos en los que refulgían monedas de plata, y los vio bailar sacudiendo las espuelas al conjuro de una música que le pareció el galope de un caballo. Escuchó la furia de peleas cuerpo a cuerpo, vio ponchos, facones y boleadoras conmoviendo vertiginosa danza de muerte; olió el sudor y la sangre. La distrajo después la melodía dulzona y cadenciosa de un tango junto a un farol porteño y vio un obelisco, tranvías, luces nocturnas, mujeres con el cabello muy corto que mostraban las piernas casi hasta las rodillas, y se admiraba de que pudieran hacerlo sin que los hombres se escandalizaran. Mucho más adelante descubrió que estaba cansada. Miró sus manos y vio que tenían más de cien años de arrugas. Los velos de su túnica se veían pálidos y raídos pero en ningún momento pensó en regresar. Presenció luchas y faenas. Registró que los hombres y las mujeres del comienzo, habían cambiado de ropas y actitudes. La inquietó el doliente bramido de cientos de animales cautivos. Su pensamiento engendró imágenes de manos aferrando cuchillos de fiera punta, que cortaban moles de animales muertos que yacían colgados; conoció el olor estimulante del asado con cuero y sintió hambre. Adivinó un callejón por donde los animales vivos llegaban al matadero en largas filas mugientes: era la Avenida de los Corrales. Había llegado hasta la esquina de nuestro bar. Escuchó nuestras voces. La pinchó el recuerdo del lejano enjambre de Quesa Jawani, donde aprendió a hablar en francés para seducir a los turistas y diplomáticos. Tuvo la certidumbre de que aquello que oía cada vez con mayor nitidez, no era el francés ni las viejas y conocidas formas ásperas y calientes de su lengua natal, sino un movimiento musical distinto, acompasado, cantado. Eran palabras cadenciosas, hilvanadas en un sueño, recuerdos inventados, historias de inconfiable factura. Entonces nos vio a través del espejo leyendo nuestros cuentos. Creyó que se trataba de una versión de Quesa Jawani en otro lugar y en otro tiempo. Entró en el bar, se disfrazó de quiromántica, y nos escuchó durante semanas y semanas para develar nuestros misterios. Descubrió el decadente ángel que habitaba en cada uno de nosotros volcado en nuestras pobres narraciones y decidió regresar a su patria para no volver aquí jamás. Debía esperar el momento propicio para hacerlo a través del espejo del bar, que era la otra punta del túnel. Mientras esperaba, escuchó a Fulvio que hablaba de un viejo poeta. Lo oyó leer páginas inmortales de aquél hombre a quien supo ciego, y lo imaginó acompañado por una joven oriental. La brava piel de Farisa, abatida y recuperada en cada viaje a través del túnel, comenzó a soñar y a estremecerse en una nueva búsqueda. Su vanidad de mujer indómita, le encendió un nuevo sueño: encontrar a ese poeta y pedirle que la inmortalizara cantando su epopeya. Esperó a Fulvio a la salida del café. Lo siguió hasta su casa, y una vez allí le habló de su sueño. Fulvio miró a la vieja Farisa. Pensó en Maryam y en su historia. La hizo entrar en la casa y allí, el eterno poeta inédito, el escritor de los papeles borroneados acumulados en cajones y rincones, conoció de pronto una pasión incontrolable: quería esa historia para él. Emborrachó a la vieja Farisa con licores. Después, sus dedos falaces recorrieron los estantes hasta dar con un grueso tomo verde que parecía una caja de zapatos. Le dijo :
- Soy el hombre que estás buscando.
Durante tres semanas la tuvo en su casa y le leyó cuentos y poemas de Borges noche a noche. Le contó cosas acerca de una fatídica moneda, la deslumbró con la lectura de una historia acerca de una casa que contenía un punto en el que confluían todos los puntos del mundo. Le leyó un cuento en el que un grupo de intelectuales inventaba un planeta. Cantó poemas del libro verde noche a noche. Hora tras hora Farisa imaginó espejos en galerías inquietantes, jardines con senderos que se bifurcaban, laberintos y ruinas circulares. Hora tras hora, Farisa, (Maleca, Maryam) se fue enamorando del hombre que afiebrado leía hasta el agotamiento. Hora tras hora, Fulvio medía las reacciones de la vieja. Una noche se animó y sacó de un cajón sus propios papeles arrugados. Se los leyó. Contaba en ellos débiles resplandores de un espíritu fatigado por el alcohol; ingenuos argumentos de equívocas brumas; pobres, lamentables vulgaridades. Engañado por su propia fatuidad, siguió y siguió leyendo. No advirtió la palidez del rostro de Farisa, no vio el temblor de sus manos. No pudo, no podía imaginar el contradictorio sentimiento que agitó a Farisa, cuando la vio levantarse y adelantarse hacia la salida. A ella le sería difícil borrar el amor crecido noche a noche, en horas de mentiras sin tregua, pero estaba claro que había sido estafada, traicionada. Cualquier mujer en Afganistán, soportaría con resignación el hecho. Pero no Farisa, no Maleca, no Maryam.
Creí que con ésto cerraba Fulvio su relato. Me parecía un mal cuento con un hermoso tema que quedaba abierto.
-Hay cosas descolgadas- dije - ¿Por qué siguió ella viniendo? ¿Por qué sigue frecuentando este oscuro café de Buenos Aires, en este segregado barrio de Mataderos? ¿Acaso busca venganza? Hay cabos sueltos y es una pena.
Fulvio levantó apenas la cabeza. Pareció recordar algo. Luego buscó en los bolsillos de su pantalón y de uno extrajo un pedazo de papel roto, más desgarrado que escrito. En él podía apenas leerse el siguiente texto:
“Un día, Farisa supo que en Quesa Jawani, Maryam había sido seguida, y que Maleca había sido revelada a un extranjero de otra época que, como ella, conoció la puerta misteriosa del túnel. Era un hombre de mirada melancólica, enfermo de tristeza, que tenía doscientos años dentro de su alma. Un extranjero que era poeta y escribía malos cuentos. Un romántico que, al deslizarse agazapado tras ella, olvidaba la sombra que encadenaba sus pies al paso del tiempo. Los suspiros antiguos que mortificaron su carne, fueron resignados por la música que le iba llegando desde Quesa Jawani. El hombre, dentro del túnel, llegó a ser un joven, después un adolescente, y por último un niño de alrededor de doce años, con los recuerdos y la ciencia de un viejo. El niño perseguiría días y noches enteras a la áurea Maryam por callejones y huecos, alimentándose con frutas hurtadas y durmiendo apenas, enamorándose de la sinvergüenza que durante el día leía las líneas de los pies a los descuidados y aturdidos turistas, y urdía por las noches inverosímiles emboscadas, sórdidas intrigas y revoluciones de apagados pasos. Ella descubrió a Fulvio en el niño persecutor. Su trabajo de guerrillera se veía amenazado al igual que su vida y la de todas las mujeres de su grupo. El extranjero debía morir. Se hizo amiga del niño, pero su mente de mujer no se resignaba al sacrificio del inocente. Debía matarlo después de recorrer el túnel, en el sitio en que había sido engañada, en el lugar y el tiempo en que Maleca, Maryam, eran Farisa, una vieja abominable, sin duda despreciada por el hombre a quien amaba. No debía, no podía serlo allí, en Quesa Jawani, donde la intolerable armonía de la voz del niño, le cantaba amores de impostergable sed; en el lugar en que su lucha contra las injusticias era necesaria, y el camino recorrido era sólo el principio.
Habían tenido ella y el niño, largas conversaciones en las que él preguntaba y ella respondía. Le contaba Maryam a Fulvio niño que las mujeres de su tierra estaban muy lejos de vivir con la libertad conque lo hacen las mujeres de otros países. Ellas eran vendidas como esposas apenas dejaban la infancia, ellas eran privadas de todos sus derechos. Tal vez olvidaba Maryam que hablaba con un hombre, un viejo de doscientos años en su alma, que ya sabía todo eso. Y porque lo sabía, el niño viejo padecía como hombre al sólo imaginar la violación de los espacios sagrados de la niña mutilada antes de ser mujer. El niño viejo retorcía sus manos porque aún faltaba formular la pregunta final que quizá no sería respondida: ¿También te vendieron? ¿También te vejaron y te...te mutilaron?
Se alteraron de pronto las maneras apacibles y calmas de Maryam, el movimiento aletargado de sus manos mientras hablaba con el niño enamorado desapareció, y sus dedos se estremecieron como las alas de una paloma que acaba de recibir el disparo de un arma de fuego. Se incorporó y cuando habló, su voz se hizo desconocida, furiosa y ronca:
- ¡Si una mujer, una sola en el mundo! ¡Cualquier mujer no importa cual!, fuera objeto de lo que acabas de decir, Maryam sangraría en su propia carne, y esa única mujer, aún si fuera sólo una, justificaría ¡ésto!
Diciendo así, de entre sus velos extrajo un pequeño puñal, se agitó su cuerpo como en una danza de ira, giró y se plantó varias veces en círculo y el filo del arma punzante silbando su música letal cortó el aire en cuanto lugar había a su alrededor como si allí se encontrara el hombre que había cometido el delito. Fulvio niño retrocedió asustado. Ella le gritó por fin: ¡Y ahora, fuera! Pero él: -Déjame ayudarte-, suplicó. ¡Jamás! contestó Maryam: ¡Las mujeres afganas haremos nuestro trabajo sin ayuda de los extranjeros! ¡Nadie tiene derecho a inmiscuirse en lo nuestro! ¡Fuera de aquí! ¡A tu casa! ¡Al túnel! ¡Ahora mismo! Aquí los niños aprendieron a ser crueles con sus mujeres, los convertiremos en nuestros compañeros porque, definitivamente, son hombres sanos. También las mujeres debemos cambiar, pero será sin tu ayuda, te lo aseguro! Fuera dije! ¡Ahora! ¡Ya! -
Y Fulvio tuvo que obedecer de inmediato.
Pero algo había quedado sin hacer.
Poco después ella volvió a Mataderos a terminar su trabajo. Llamó a la puerta de Fulvio. El poeta frustrado ahogaba en alcohol la doble derrota, encerrado, escondiendo su vergüenza de escritor ignorado, y tratando de olvidar a la bella Maryam. Hizo pasar a Farisa y volvieron a conversar. El le hizo una propuesta temeraria: encontrarse a mitad de camino en el túnel. Ella no sería una anciana, ni él un niño. Recordó a esa mujer intermedia: una bella desconocida, vulnerable tal vez a su especulación literaria, lejos de la aguda Farisa y de Quesa Jawani. Se imaginó junto a ella, lejos él de sus apetitos especulativos, pero tan joven como para seducir a esa cuarta y misteriosa mujer. Tal vez los amores fueran allí posibles. Acaso también lo fuera el libro. De inmediato brillaron los ojos de Farisa. A mitad del túnel, Fulvio sería un desconocido. No sería un niño, no sería el hombre que amaba: fácil de matar, por lo tanto. Demasiado obvia la mirada de Farisa: Fulvio sospechó sus intenciones. Demasiado obvia la mirada de Fulvio: ella comprendió que él había penetrado su pensamiento.
Farisa se sintió acorralada. El trabajo de Maryam debía ser secreto, y Fulvio era un testigo que podía identificarla. Decidió entonces ejecutarlo de inmediato. ¿Cómo? No sería con armas convencionales, sino con la enfermedad del sueño interminable respondiendo a la propuesta del hombre con palabras sinceras en las cuales ella sabía que estaría implícita el arma de muerte:
-Encontrarnos a mitad de camino, ¿eh? Maleca sin duda quiere. Farisa teme que también. Pero quien da las órdenes, es Maryam, y ella no puede permitirlo. Y de las tres, es quien tiene más sabiduría. Quedaríamos suspendidos en el tiempo. La lucha de Maryam habría sido vana, y las mujeres de mi tierra la necesitan. Por otra parte -agregó- en mi país Maryam no puede amar a un niño, y en el tuyo no puedes amar a una anciana. Hay algo más: -la mirada de Farisa se puso terrible- jamás te daremos la historia. No nos complace tu manera de escribir. Eres un mediocre y un fraude. Has querido hacerme creer que eras otro. ¿Has visto? Yo también te he descubierto. Esto fue una locura. Una utopía. Olvídalo”.
Así terminaba el cuento. Entonces advertimos que Fulvio no dormía. O dormía para siempre, que era lo mismo. Fue todo muy rápido. Las corridas en el bar, lo tarde que llegaron los auxilios.
Finalmente, recogí las hojas de aquel cuento, ya que nadie parecía interesarse en ellas.
Quise creer que el eterno melancólico, el cazador de historias que terminaba cazado por ellas, había logrado por fin alterar los límites de una simple ficción. Necesité creer en algo más que en los meros desvaríos de un alquimista de sueños. Cuando nos marchábamos, decididos a no volver por mucho tiempo a ese lugar donde quedaban recuerdos tan tristes, miré por última vez el espejo. Alguien había escrito con rouge en su superficie, estas palabras que tenían el sentido de una despedida definitiva, y que yo anotaría de inmediato en mi agenda para investigar oportunamente: ¡Adiós! Au revoir! Rodafez!
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